COLECCION DE PENSAMIENTOS, IDEAS, SITUACIONES, COMENTARIOS, REFLEXIONES, FILOSOFIA. SI QUIERES CONSULTAR CONMIGO ALGUN PROBLEMA, LLAMAME AL 807499032 JUNTOS TRATAREMOS DE SOLUCIONARLO
lunes, 30 de noviembre de 2009
DEJAR DE FUMAR ES POSIBLE
DEJAR DE FUMAR ES POSIBLE
30.11.09
No está demostrado de una manera fehaciente que el tabaco produzca cáncer de pulmón ni de laringe ni de boca ni de lengua. Es una simple deducción médica basada en la estadística. En mis cuarenta años de ejercicio de la medicina, jamás he leído en una revista de solvencia los experimentos que hayan demostrado, taxativamente, que el tabaco es el responsable del carcinoma humano, que en nada tiene que ver con el carcinoma en animales de experimentación. Es un hecho cierto, no se me ocurre negarlo, que el tabaco es un irritante poderoso de mucosas: de la boca, de la faringe, de la laringe, de la tráquea y de los bronquios, por orden descendente. Sin embargo me niego a creer que el tabaco desencadene, per se, un tumor maligno. Y, aunque así fuera –que insisto, no lo es- en nada variaría mi planteamiento para que el tabaco perjudique mínimamente al hombre (No lo digo para ofender, siempre se ha englobado en la palabra hombre al espécimen del género humano, sea cual sea su sexo).
Los ciudadanos, en general (Meto en la palabra a personas de ambos sexos), no tienen el respeto debido a las cosas y a sus congéneres. Y los objetos y a las personas que nos rodean y conviven cotidianamente con nosotros, hay que respetarlos con un trato exquisito; impecable. Hay que abrir las ventanas de la casa de par en par, en invierno y en verano, para que la casa se airee y respire. Es el “ventilar” de nuestras madres. “Abre las ventanas que hay que ventilar” –he oído a mi madre toda la vida-. Hay que eliminar el polvo –no sacudiendo las alfombras y las mopas por la ventana, que eso son prácticas del pueblo-, sino aspirando concienzudamente, que para eso se han inventad las aspiradoras. Hay que doblar la ropa después de quitársela, porque, si no, la ropa se arruga, se taza y se deforma. Cuando se mueven muebles, sillas, butacas, no es conveniente arrastrarlas porque se raya el suelo. El culo de los cacharros y de las sartenes de cocina hay que limpiarlos tenazmente con estropajo de aluminio para quitarles las quemaduras (si tengo tiempo os contaré la anécdota de mi amiga Cristina, a quien una pariente la regaló, como si de un tesoro se tratara, una sartén carbonizada). No se pueden golpear los objetos que no funcionan a la primera, ni darle patadas al coche porque no arranca. Hay que cuidar y mimar a la gente que te cuida y que te mima; hay que regar el jardín para que no se sequen las flores.
Me ha salido un pequeño tratado de “Cómo actuar en la vida, para escrupulosos”, pero no pretendía aleccionar a nadie sobre hechos que son incontrovertibles y que debían de estar en las prácticas diarias de todo el mundo, porque todas las actitudes tienen su parte práctica, su parte estética y su parte moral. Así, no pueden pensar de qué color van a pintar el techo mientras hacen el amor con su marido/marida… , por ejemplo. Pues, Señor, hay mucha gente que no demuestra ningún respeto a sus semejantes, a los objetos, ni a nada. Y aquí meto a los fumadores –a casi todos, por no decir todos-…En este momento me acabo de acordar de aquel chiste en el que una persona humana pregunta a otra del mismo género, estirpe y condición, si sabe cómo de llaman los habitantes de Guadalajara, y el interpelado contesta: “No, todos no” Sigo. Los fumadores no le tienen ningún respeto al tabaco. Fuman en cualquier lugar y en cualquier circunstancia: en la montaña, en la playa, haga frío o calor, trabajando, estudiando, viendo la televisión, comiendo, follando…Se les fuman los cigarros los ceniceros, que es el colmo del desinterés, y no se acuerdan cuándo se han fumado el último. Están ansiosos e insatisfechos; son el colmo.
Otra reflexión es el complejo de culpa que sufren los fumadores. Se consideran como peleles por no ser capaces de dejar una cosa, que ellos saben positivamente que les perjudica hasta el extremo de dar con sus huesos en la tumba. Yo sé que me perjudica, pero no hay huevos de dejarlo.
Hasta ahora tenemos varios argumentos que constituyen los pilares de mi propuesta:
- El tabaco no produce cáncer. Lo más, una irritación de mucosas.
- Con esta premisa, ya no existe el complejo de culpa, porque el tabaco no te va a matar.
- No le tienes respeto al tabaco, y al tabaco hay que respetarlo como a cualquier objeto o a cualquier adlátere.
- Fumas en cualquier sitio y bajo cualquier circunstancia. La mayoría de tus pitillos se los fuma el cenicero a medias contigo.
Las dos primeras aseveraciones son obvias; tienes que creerlas a pies juntillas. Las dos siguientes tienes que tenerlas integradas porque son verdad.
Mi propuesta final: Ritualiza el acto de fumar. No fumes a tontas y a locas. Piensa en lo que haces. Sácale el mayor partido al hecho de fumar, puesto que te gusta tanto.
Cuando te propongas fumar, sólo fuma, no hagas nada al mismo tiempo. Apártate para fumar a un sitio tranquilo y, a poder ser sin factores de interrupción. Siéntate cómodamente, enciende una vela y un incienso. Prende el cigarrillo como los fumadores de puros encienden su veguero, con paciencia, con mimo. Agita el pitillo para que se airee una vez encendido. Y, por fin, dale la primera calada degustando, paladeando, embocando el humo, sintiendo como resbala por la lengua, por la tráquea, hasta llegar a los pulmones. Luego hazte consciente del recorrido en sentido inverso hasta que lo exhales por la boca y por la nariz. Coméntate cómo te sientes en voz alta: ¡Qué bueno está esto! Esta chupada me ha llegado hasta el dedo gordo del pie derecho. No me extraña que la gente se enganche al tabaco ¡Qué bueno está! ¡Qué placer! Y así, centímetro a centímetro, hasta el agotamiento de la fuente de deleite. Y con cada cigarro, lo mismo, la misma técnica, el mismo placer.
Yo aseguro, según mi experiencia, que si siguen ustedes este método –nada fácil por otra parte. Nadie dijo que fuera sencillo ser impecable-, si no dejan de fumar, fumarán 2 ó 3 cigarros al día. La OMS (Organización Mundial de la Salud) juzga como permisible hasta 5 cigarrillos al día. ¡Que ustedes lo fumen bien!
jueves, 26 de noviembre de 2009
YO ME CISCO EN SUS REPAJOLERAS MADRES
YO ME CISCO EN SUS REPAJOLERAS MADRES
26.11.09
Existen variadas formas de mentar a la madre de uno. Se puede uno acordar de su madre en sentido coloquial, incluso con cierto gracejo, como los andaluces cuando refiriéndose a un andoba gracioso dicen: ¡Mira, el hio-puta, que ange tiene!. El epíteto puede aumentar de categoría cuando a alguien se le llama, hijo puta; pero no pasa a mayores: ¡Qué hijo puta eres, cachondo! Otro escalón sube al “hijo de puta”. Ahí ya hay que sacarse las manos de los bolsillos por si hay que repeler la respuesta. La cosa va con mala baba. Como nada tiene un final, podemos aumentar la gravedad del insulto utilizando: “hijo de la gran puta”. Se emplea mucho en la vida cotidiana nombrar a los malos, malos, “hijos de la gran puta”. Y la cosa no tiene por dónde cogerla cuando una persona se encara con otra llamándola “hijo de la grandísima puta” Entonces ya se desatan las hostilidades y hay que procurar dar y que no te den.
Hay una modalidad de insulto que se deriva de las anteriores, tomando de ellas el significado esencial: La madre. Así: “Me cago en tu puta madre” es un insulto que, habitualmente nada tiene que ver con la categoría moral de la señora que le parió, que la pobre ya tuvo bastante con los dolores del parto y con aguantarlo de por vida. Floreados de la anterior son, por ejemplo: Me cago en tu putísima madre o me cago en la puta que te parió.
Todos estos improperios no van dirigidos, como ya he dicho, a las madres de algunos hijos de la gran puta; sólo aluden a ellos mismos, con la intención de que les suba la adrenalina, de que se sientan ofendidos y, por una miserable vez, respondan como hombres íntegros; como caballeros sin armadura. Las personas educadas, de bien, que han pasado por la garlopa de la enseñanza religiosa, que ha tenido unos padres con moral, ética y principios, acuden a subterfugios y a sofisticaciones para llamar por su nombre a los hijos de la grandísima puta. Así una forma “agradable” sería: “Me cisco en tu pajolera madre” o “Eres un hijo de una doncella del amor fingido y de la moral extraviada” Claro, que puede haber variantes como: “Eres un mamón de mierda”, mejor aceptado o ¡Valiente mamonazo que estás hecho, hijo de la grandísima meretriz!
Hechas estas salvedades, que ponen en su justo punto mi manera de pensar con respecto al tema y mi esmerada educación, yo me cisco en las repajoleras madres de los responsables de las normas que rigen España, de derechas, de izquierdas y de centros, que han permitido, a lo largo de los años, que el 90% de los españoles, estemos en situación de indefensión. Me refiero, concretamente, a los contratos basura –que yo llamaría “de mierda infecta”- que permiten a las compañías de seguro libre, tener a sus médicos; a los profesionales que les dan de comer; al motivo fundamental sin el que ellas se morirían de hambre. Enumero sucintamente: a) honorarios de escándalo –consulta médica de especialista no más de 25 euros- b) ausencia de seguridad social, jubilación, seguro propio c) despido inmediato por decisión unilateral sin mediar falta alguna d) prestación de las consultas propias, del material de exploración, del tiempo y la sabiduría…
Estos tíos, graciosos, piensan que van a vivir toda la vida en la impunidad más absoluta y que no se van a morir nunca. Pues, no. Se van a morir y van a tener unos pedazo de remordimientos que no les van a dejar vivir. No es una amenaza; es lo que pasa siempre con los “hijos de la grandísima puta”. Se creen que se van a perpetuar, que van a vivir como Matusalén. ¡Ja, ja! Y yo voy a vivir para verlo, que es lo que más les va a joder a estos “mamones de mierda”. Es broma, naturalmente. Yo soy una persona muy educada. En los Hermanos Maristas, sin ir más lejos.
26.11.09
Existen variadas formas de mentar a la madre de uno. Se puede uno acordar de su madre en sentido coloquial, incluso con cierto gracejo, como los andaluces cuando refiriéndose a un andoba gracioso dicen: ¡Mira, el hio-puta, que ange tiene!. El epíteto puede aumentar de categoría cuando a alguien se le llama, hijo puta; pero no pasa a mayores: ¡Qué hijo puta eres, cachondo! Otro escalón sube al “hijo de puta”. Ahí ya hay que sacarse las manos de los bolsillos por si hay que repeler la respuesta. La cosa va con mala baba. Como nada tiene un final, podemos aumentar la gravedad del insulto utilizando: “hijo de la gran puta”. Se emplea mucho en la vida cotidiana nombrar a los malos, malos, “hijos de la gran puta”. Y la cosa no tiene por dónde cogerla cuando una persona se encara con otra llamándola “hijo de la grandísima puta” Entonces ya se desatan las hostilidades y hay que procurar dar y que no te den.
Hay una modalidad de insulto que se deriva de las anteriores, tomando de ellas el significado esencial: La madre. Así: “Me cago en tu puta madre” es un insulto que, habitualmente nada tiene que ver con la categoría moral de la señora que le parió, que la pobre ya tuvo bastante con los dolores del parto y con aguantarlo de por vida. Floreados de la anterior son, por ejemplo: Me cago en tu putísima madre o me cago en la puta que te parió.
Todos estos improperios no van dirigidos, como ya he dicho, a las madres de algunos hijos de la gran puta; sólo aluden a ellos mismos, con la intención de que les suba la adrenalina, de que se sientan ofendidos y, por una miserable vez, respondan como hombres íntegros; como caballeros sin armadura. Las personas educadas, de bien, que han pasado por la garlopa de la enseñanza religiosa, que ha tenido unos padres con moral, ética y principios, acuden a subterfugios y a sofisticaciones para llamar por su nombre a los hijos de la grandísima puta. Así una forma “agradable” sería: “Me cisco en tu pajolera madre” o “Eres un hijo de una doncella del amor fingido y de la moral extraviada” Claro, que puede haber variantes como: “Eres un mamón de mierda”, mejor aceptado o ¡Valiente mamonazo que estás hecho, hijo de la grandísima meretriz!
Hechas estas salvedades, que ponen en su justo punto mi manera de pensar con respecto al tema y mi esmerada educación, yo me cisco en las repajoleras madres de los responsables de las normas que rigen España, de derechas, de izquierdas y de centros, que han permitido, a lo largo de los años, que el 90% de los españoles, estemos en situación de indefensión. Me refiero, concretamente, a los contratos basura –que yo llamaría “de mierda infecta”- que permiten a las compañías de seguro libre, tener a sus médicos; a los profesionales que les dan de comer; al motivo fundamental sin el que ellas se morirían de hambre. Enumero sucintamente: a) honorarios de escándalo –consulta médica de especialista no más de 25 euros- b) ausencia de seguridad social, jubilación, seguro propio c) despido inmediato por decisión unilateral sin mediar falta alguna d) prestación de las consultas propias, del material de exploración, del tiempo y la sabiduría…
Estos tíos, graciosos, piensan que van a vivir toda la vida en la impunidad más absoluta y que no se van a morir nunca. Pues, no. Se van a morir y van a tener unos pedazo de remordimientos que no les van a dejar vivir. No es una amenaza; es lo que pasa siempre con los “hijos de la grandísima puta”. Se creen que se van a perpetuar, que van a vivir como Matusalén. ¡Ja, ja! Y yo voy a vivir para verlo, que es lo que más les va a joder a estos “mamones de mierda”. Es broma, naturalmente. Yo soy una persona muy educada. En los Hermanos Maristas, sin ir más lejos.
domingo, 22 de noviembre de 2009
ELEGÍA A MI AMIGO PEDRO LUIS
ALEGÍA A MI AMIGO PEDRO LUIS
22.11.09
Lo conocí poco después de mi llegada a Palencia. No sabría decir cuándo ni dónde. Pero me chocó el extraño parecido físico que ambos teníamos. Mucha gente nos confundía: Dr. Calvo, Dr. Calvo –me llamaban a veces por los pasillos del hospital. No –contestaba yo- Se ha confundido, soy el Dr. De Soto. Es que nos parecemos mucho el Dr. Calvo y yo. Éramos de la misma estatura, del mismo porte, igual de “calvos” uno que otro, excepto en el apellido. Había un detalle que nos distinguía de lejos, a juzgar por los comentarios de la gente, Pedro Luis tenía una leve y extraña cojera al andar, como si no quisiera ir muy deprisa, queriéndolo.
Era calmo, apacible y simpático. Nunca le he visto discutir ni elevar el tono de voz. Imagino que tendría sus gatos en la barriga, igual que cada hijo de vecina, pero no lo demostraba. Cumplía con su trabajo escrupulosamente y jamás le he oído hablar mal de nadie.
Gozaba de gran respeto por parte de todos sus compañeros y, que yo sepa, no tenía enemigos, ni siquiera enemistades. Yo me encontraba a gusto con él. Me imagino, aunque sea mucho suponer, que él también estaba a gusto conmigo. Las veces que hablamos, estábamos de acuerdo. Pero como la regla siempre tiene una honrosa excepción, traigo a mi memoria una intranscendente discusión que mantuvimos acerca de la transcendencia del espíritu humano. En aquella circunstancia me di cuenta de la gran sabiduría que atesoraba en materia espiritual, no en vano había estado muy en contacto con el clero. Nunca, sin embargo, se me ocurrió preguntarle por qué se había alejado de la vida religiosa. Se oía que había ejercido durante algún tiempo el ministerio sacerdotal, pero no lo podría asegurar. Jamás lo oí de su boca y en ningún momento sentí curiosidad morbosa por los aspectos de su decisión. Hay algunos compañeros en el ejercicio de la medicina, que se hubieran enterado de cualquier entresijo de su vida. De hecho, sé de buena pluma, de algunos que se saben la vida y milagros de Pedro. Nunca me ha interesado meterme en corral ajeno. Si lo oigo, lo oigo, pero no lo escucho. Y al cabo de los días (ni siquiera semanas) ya no me acuerdo de lo que me contaron. ¿Pero no te acuerdas que te lo conté el otro día? ¿Estás tonto, a qué? Pues no me acuerdo, chico, ¡qué se le va a hacer!. Pues bien, salió la conversación acerca del espíritu humano y en ella me quiso ilustrar sobre la diferencia sustancial que había entre la inmanencia y la transcendencia. Siendo la primera la unión esencial e inseparable por naturaleza, del espíritu con el Creador. Y la segunda la consecuencia grave o muy importante de las acciones del espíritu en este plano, con posibles consecuencias futuras. Ya digo, toda una fuente de sabiduría.
Yo lo definiría como bueno, en toda la extensión de la palabra bueno. Un día le comprometí para hacer, a la limón, uno de los programas de divulgación médica que todas las semanas me sacaba de la manga, y se exhibían en la TV local. No se resistió. Yo creo que no le cabía un piñón por el culo con la oferta, que le permitía ilustrar a los demás con sus conocimientos sobre urgencias médicas. Aquel día lo preparó todo para aleccionar sobre la actuación frente a una quemadura doméstica, una herida, un atragantamiento, etc. Para explicar los primeros auxilios y la respiración boca a boca, tenía un muñeco de apariencia totalmente humana. Estaba boca abajo. Ya estábamos grabando. Se acercó a aquel remedo de hombre, le dio la vuelta, no sin dificultad porque tenía un peso similar a un humano, y dejó al descubierto un pene enorme, que le colgaba flácido entre las piernas y que servía para enseñar a los alumnos de enfermería a sondar la uretra. Nos reímos hasta hartarnos, comentamos, en vivo y en directo, algunas escabrosidades con respecto a la virilidad del muñeco y luego, nos enjugamos el llanto y seguimos grabando. Cada poco nos venía a la memoria el hecho y nos partíamos de risa. Recuerdos agradables de una gran persona con la que compartiré una parcela en el cielo, cuando yo me decida a dejar este mundo de permanencias.
Él tenía una vida muy diferente a la mía. Eso propició que nuestros encuentros no fueran más frecuentes, pero nos veíamos casi a diario en el hospital y echábamos nuestras parrafadas. Un día me vendió unas acuarelas de una sobrina suya que estudiaba “Bellas Artes” y que conservo colgadas en unas paredes preferentes de mi casa donde las veo todos los días. Y, naturalmente, siempre que las veo me acuerdo de Pedro Luis; de mi sosias, con el que tantas veces me han confundido. Quedó pendiente de hacerme un Dopller de extremidades inferiores. Por una causa o por otra nunca lo hicimos. ¡Quién sabe si en otra vida cumpliremos con la promesa!.
La última vez que lo vi fue en mi consulta. Le encontré muy desmejorado y sentí la obligación de meterle en la vía del pensamiento positivo. Parece que comprendió mi punto de vista, y hasta incluso me prometió que iba a tratar de llevar a la práctica las ideas que yo le había dado. Le llamé poco después por teléfono y me confesó que era superior a sus fuerzas meditar durante 20 minutos. Quedamos en vernos, pero me cuesta trabajo inmiscuirme en la intimidad de una persona. Pensé: “Si me necesita, ya me llamará”.
Hace tres días acudí a su entierro. Después de tres semanas en la UVI, sin ser consciente de nada (pienso), se decidió a dejar este mundo. Pedro Luis: Allá donde te encuentres, te envío un sincero abrazo. Dejaste una profunda huella en mi alma. Te recordaré siempre con tu bata blanca impoluta, tus gafas de diseño, que te hacían todavía más parecido a mí y tu disimulada cojera que hacía que pensara que con una pierna querías ir más deprisa que con la otra.
¡Salve, Pedro! ¡Hasta siempre, amigo!
domingo, 15 de noviembre de 2009
RESPETO Y TOLERANCIA PARA LAS MINORÍAS
RESPETO Y TOLERANCIA PARA LAS MINORÍAS
15.11.09
El padre se está afeitando. La cosa no puede producir extrañeza si no es porque lo está haciendo con una navaja barbera, de las de antes de la guerra; de las que cortan un pelo en el aire. Vamos, de tomo y lomo. O, lo que es lo mismo, que es muy grande e importante. El hombre era diestro en estas lides. Su padre, fallecido de un entripado, fue barbero de postín; de los de antes, de los que afeitaban un huevo. Y le había enseñado al hijo con arrobo, con deleite, lo que debía hacer: cómo debía inclinar la hoja de la navaja para que cortara el pelo pero no la piel, cómo debía tratar el pellejo adyacente con los dedos de la mano siniestra, para estirar el cuero y que el filo resbalase cortando y no hiriendo. Todo un curso de varios años; que nada se aprende de sopetón y sin sudar la camiseta. Acabó el hijo siendo tan hábil en su cometido como su progenitor. Y era de ver el asombro de sus amigos cuando, en las ocasiones en las que se afeitaban juntos, le veían, incrédulos, sacar de una funda de cuero rojo, una reluciente navaja barbera de acero quirúrgico y cachas de marfil negro. Grabado en el metal: “Prades e hijos. Albacete”. De otro paquete de fieltro negro, un afilador de corambre, en el que frotaba el filo de la navaja con un vaivén que producía un sonido inconfundible para los que lo haya escuchado alguna vez. Después del introito, mojaba una barra cilíndrica de jabón, y con una brocha de afeitar de pelo de tejón, se espumaba la cara. Tomaba la navaja con la mano derecha. Pulgar, índice y corazón, asían suavemente el mango del acero, y el meñique elevaba ligeramente la cacha de protección para que no se cayera por su peso. Luego, en cuatro pasadas por cada carrillo, y dos más por la barbilla, acababa la faena, que era de dos orejas y rabo. Indefectiblemente, al saludar a la concurrencia, oía una salva de aplausos.
El hijo le observaba con la boca abierta, por una de cuyas comisuras caía un hilillo de saliva, y con los ojos desmesuradamente abiertos; sin pestañear. El padre le miró de reojo y, con la cara ya afeitada, dejó el instrumental encima del lavabo y se enjuagó con agua abundante. Se secó con una toalla de hilo, tomó la navaja y se la ofreció al niño. Tenía un osito de peluche agarrado con amor, pero lo soltó inmediatamente ante aquella propuesta. Cogió torpemente el instrumento con ambas manos y empezó a manipularlo. A las primeras vueltas, el acero salió de las cachas y brilló reflejando las luces del espejo. El niño se quedó absorto en la contemplación de aquella maravilla que su padre había dejado en sus manos, y con la candidez de los dos primeros años de su vida, llevó sus dedos al filo de aquella hoja templada y curtida en cien batallas…
Dejo el final de esta historia a la imaginación del lector. Pienso que habrá desenlaces para todos los gustos. Mi intención es, perdón por el morbo, que el final sea el peor entre todos posibles.
Hay ocasiones en las que la tolerancia no es de recibo. Imagino que el sobrecogedor relato de la navaja de Albacete, habrá servido para hacer recapacitar sobre el respeto y la tolerancia mal entendidos.
Uno de los finales posibles de la historia:
Los hados, prestos a atender a los mortales, evitaron que el niño se deshuesara la mano. Emocionado con el nuevo juguete, corrió en pos de su padre con aquella arma afilada como una cuchilla de afeitar. Le encontró en la cocina, de espaldas a él, manipulando en la encimera. Riendo, blandió la navaja y le propinó un corte limpio en la pantorrilla, justo en el hueco poplíteo, seccionando limpiamente el nervio ciático poplíteo interno y la vena y arteria poplíteas. El padre lo sintió como un trozo de hielo que le traspasara la pierna de parte a parte. Cayó al suelo anonadado y miró a su hijo con incredulidad. No podía articular palabra. El niño, riendo a carcajadas por la caída y los gestos de papá, insistió en la gracia y le endiñó otro mandoble que le cortó la cara de parte a parte. Se llevó la mano al chorro de sangre que manaba de su mejilla. Se sintió débil; agotado. La sangre de su pierna era un manantial extenuante. El niño siguió riendo y le asentó otro navajazo. Esta vez cortó la carótida interna y la yugular. Bañado en sangre y sin comprender, aquel hombre que había dejado una navaja barbera en manos de su candoroso infante, expiró en pocos segundos. El niño corrió a refugiarse debajo de la mesa de camilla de la salita, riendo a carcajadas y esperando que su papá le viniera a buscar.
Y el respeto y la tolerancia mal entendidos, en manos bisoñas e inexpertas, pueden crear dramas, casi inconscientemente. Sin querer.
Un tertuliano, joven e inexperto. Posiblemente inculto y agresivo, defendía la otra tarde, a ultranza, y aprovechando como foro una cadena de TV de audiencia suficiente, el independentismo de determinada autonomía, tomando como ejemplo la rivalidad entre el equipo de futbol de su autonomía y otro equipo de otra diferente. El resto de tertulianos veían oportunas las invectivas, y respetaban y mantenían una auténtica tolerancia con aquel infante que blandía, por encima de sus cabezas, una navaja barbera, dispuesto a jugar con la concurrencia, "sin intención de hacer mal a nadie"…Por supuesto. Y exigiendo respeto por sus ideas.
El independentismo folclórico es un bate de beisbol. El independentismo furibundo es una navaja barbera.
Para el respeto y la tolerancia mal entendidos, transigencia cero.
HONRADEZ: ¡QUÉ MAL ENTENDIDA ESTÁS!
HONRADEZ: ¡QUÉ MAL ENTENDIDA ESTÁS!
15.11.09
A Don Lorenzo Silva. En referencia a “La Viga y la Paja” del XL semanal de fecha 15 de Noviembre de 2009.
Muy Sr. Mio:
Entre:”Debemos creer en la existencia de personas honestas y trabajadoras que merecen una recompensa” y: Premio ésta carta…”Porque un poco de ironía, y de autocrítica, no está de más para enfrentar este ya cotidiano y desesperanzador cataclismo” Media un abismo.
Soy de los que tienen la convicción filosófica e ideológica de que: “La gente puede hacer, decir, o pensar lo que le dé la gana, porque de lo suyo gasta..” Pero también tengo por cierto, que cuando me pisan el pie, siempre voy a preguntar: ¿Por qué me pisas?. Me haces daño.
Estoy jubilado de un sistema provincial de salud. Ejerzo la medicina en una ciudad de Castilla y León, y en mis 68 años, siempre he procurado ser honesto y honrado; actuar en bien para todo el mundo. Jamás se me ha ocurrido pringarme en el IVA, ni descargar música ni películas de internet, ni he pensado en trucar la toma de luz para pagar menos. Y pienso que nunca voy a ocupar un cargo público, porque, con esta manera de pensar y de actuar, no me permitirían permanecer mucho tiempo en él, por agravio comparativo. Tengo la sospecha de que ningún dolo tiene justificación moral, y que la frase “El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón” la acuñó Luis Candelas, para buscarse una coartada moral.
He oído en algunos programas radiofónicos de opinión, que “los oyentes no entienden la ironía”. Pero son palabras y se las lleva el viento. En letra impresa es complicado decir digo, donde dije Diego. Y la prensa la lee todo el mundo –he exagerado deliberadamente- Y su espacio más, porque son escritos cortos y sin complicaciones; de los que no exigen coger el diccionario para ver el significado de alguna poco frecuente expresión.
Por último, no creo que mis familiares y amigos, que saben de mi condición moral, vayan a leer, nunca, nada negativo de mi persona. Y si lo hicieran, tendría ganado a pulso que me llamaran sinvergüenza, porque me lo merezco. Yo no he votado en mi vida; mis ideas van por otros derroteros. Pero tengo el humano deber de exigir al que me manda –me da igual el puesto que ocupa en el escalafón- que tenga moral y que esa moral se traduzca en honradez y hombría de bien. Jamás me ha dado envidia de los chorizos, ni de los incultos, ni los incapaces, ni de los mediocres. Y nunca he aceptado a un superior que no me demostrase su valía intelectual, moral y humana. Me miro por dentro y me encuentro satisfecho de mi proceder ético y estético.
A ver si va a tener razón Don Ramón María del Valle Inclán cuando, completando la frase de Mourlane Michelena, le dijo a su amigo Jacinto Miquelarena: “Qué país, Miquelarena, aquí el que no nace hijo de puta, acaba siéndolo con el tiempo”. Me resisto a creer que no queden personas con moral intachable, como usted, en quien poderse mirar.
sábado, 14 de noviembre de 2009
LO MEJOR ES ENEMIGO DE LO BUENO
LO MEJOR ES ENEMIGO DE LO BUENO
14.11.09
Esta frase, por otra parte bien construida y sonora donde las haya, la creó un neurólogo para consolar a los pacientes mediocres. Sigmund Froid dijo: “He sido un hombre afortunado en la vida. Nada me fue fácil” Y debió de pensar: “Si no facilito las cosas a mis pacientes, lo van a pasar fatal, porque no son tan inteligentes como yo mismo”.
Al grito de: “Mediocres del mundo, uníos” los partidarios de lo bueno, dejaron de buscar denodadamente lo mejor, y eligieron (entre otros modus vivendi) la carrera política, en la que, estaban muy seguros, no se les iba a exigir un cumplimiento impecable de sus obligaciones, ni una búsqueda de la excelencia, ni se les juzgaría por realizar de una manera pésima su trabajo. Se instalaron, desde aquel momento, en las cualidades que podían cubrir ocasiones y momentos con frases, unas veces grandilocuentes, otras campanudas y las más, vacías, que no iban a servir más que para eso: para salir del paso sin ninguna obligación de cumplir sus promesas. Una mediocridad palmaria, a todas luces permitida por aquellos que se ven reflejados en la medianía y en el adocenamiento, pero inservible para lograr metas, construir futuros y arribar a buen término.
El género humano es perfecto en su concepción (fue creado por Dios), e ilimitado en su creatividad (Dios lo hizo creador, a Su imagen y semejanza). Pero hay una única pega que hace que el ser humano sea mediocre: No cree en sus capacidades. Se arrellana, por tanto, en el cojín de la comodidad y, cada día con más ahínco, se conforma con dejar pasar los minutos rascándose la barriga como los monos. Por, no sé qué espurias intenciones, cada vez se exige menos a la juventud. Y la juventud responde con una total desidia, desprecio y apatía. “Dame un ser humano; déjame educarlo a mi manera, y lo transformaré en un superhombre” Esta frase es similar a: “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo”. Por eso los que deciden, se han opuesto siempre a la excelencia, a la educación integral y al cultivo de los valores morales.
Con una ingenuidad infantil, un tertuliano escritor de fortuna, inteligente y muy conservador, decía el otro día: “Si se exige un código ético en la clase política, llegaría un momento en el que les aburriría y dejarían de practicarlo. Porque estamos inmersos en una absoluta amoralidad. La sociedad es amoral y, por tanto, dudo de la regeneración…” “Pero ¿Quién tiene la culpa de la amoralidad de la sociedad?” –preguntó el profesor- “La clase dirigente que, creando una sociedad inmoral y amoral, se ve arropada y validada para hacer de su capa un sayo” –contestó con convicción de lo que decía un alumno aventajado. “¿Y cuántos políticos son amorales dentro del gobierno y de la oposición, y del resto de los partidos?” –inquirió una tertuliana- “Todos” –respondió el que había lanzado la bomba en medio de la sala.
Cuando el individuo que forma parte de la sociedad, no ha sido educado con responsabilidad, ética y estética. No puede responder con responsabilidad a ningún llamado de la vida. Y ¿Qué es responsabilidad? Es, solamente: Responder con habilidad. Y yo añadiría: Y con ética y con moral. ¿Por qué? Porque estas cualidades son las que llevan a la sociedad al éxito, a la convivencia, a la solidaridad (antes caridad) y al cumplimiento de los valores, que son fundamentales para el desarrollo de las relaciones.
En mi época se nos exigía mucho en el colegio. Yo fui a los maristas de Fuencarral, y allí, no solamente nos pedían lo mejor, sino que lo fomentaban. Desde los cursos inferiores, todo el día inculcaban la superación del ser humano. Frecuentemente se organizaban certámenes de dibujo, de declamación, expresión oral, gimnasia…Cuando se acercaban las fiestas de San José (Así se llamaba el colegio) ya se preparaban los eventos, muy elaborados y muy cuidados. Me acuerdo de una representación de los alumnos en la que yo intervine, en el cine Paz, justo enfrente de la entrada principal del colegio. Hacíamos una puesta en escena de cuadros de zarzuelas famosas. Y había que ver con que profesionalidad actuaban mis compañeros. ¡Qué gallardía y que instinto de superación! Cuando veo los fines de curso de los colegios americanos, se me caen los palos del sombrajo comparándolos con los españoles. Allí se superan, hacen de los críos verdaderos profesionales que cantan, bailan y actúan con todo su corazón. Nada que ver con los bodrios y esperpentos que montan aquí para salir del paso.
A los críos hay que exigirles mucho. Los niños tienen una alta capacidad de respuesta a la exigencia. Responden con sus mejores registros si se les pulsa el bordón de la forma adecuada. Ahora, si se les deja a su aire; si se les pide cada vez menos, y si pasan de curso con cinco signaturas pendientes, en lo que se van a convertir es en mediocres, cazurros, viciosos, y seguros de que es mejor hacer las cosas bien que muy bien. Y en esta vida, como decía mi bisabuelo, no hay más que dos maneras de hacer las cosas: Muy bien y muy bien.
Como ven, una cosa se solapa con la otra, y un concepto lleva a otro. Y esto me avoca a decir, como colofón, que todo se debe elaborar con los hilos de la exigencia y con la urdimbre de la excelencia. Existe una cosa por encima de lo bueno, que es lo mejor. Y hay otra cosa por encima de lo mejor, que es la excelencia.
lunes, 9 de noviembre de 2009
HIPOCONDRIA
HIPOCONDRIA
9.11.09
Me levanto por la mañana. Me siento en el borde la cama. Me apoyo con ambas manos. Dejo caer ligeramente mi espalda y mi cabeza. Me estiro. Me pongo de pie. Y ¡horror y desesperación!, la rodilla me suena: “Clack” ¿Clack? –pregunto mentalmente- ¡Coño, clack! –continúo- ¡Joder! ¿Qué será? ¡Mira que si me he roto el menisco! Pues vaya jodienda… En cuanto me duche y me vista, me voy a que me hagan unas “resonancias” de esas, que cuestan una fortuna y nadie sabe interpretar correctamente. ¡Vaya marrón! ¡Me ha hecho clack la rodilla! ¿Comprendes la ironía, mi querido lector? En vez de sufrir por ello o juzgarme, me voy a ir a pasear con mi clack en la rodilla. Estaré paseando con él hasta que me harte. Sin pensarlo; gozando de los árboles del Sotillo. Mañana ya no habrá clack. No obstante surgirá otra cosa que, naturalmente, también aparcaré en un recóndito archivo de mi mente calenturienta. Quizá un lumbago, algun fremitus en mi loco corazón, un dolor repentino en el brazo derecho, una punzada en el pecho al respirar...
"¡Huy, Manuela, qué demacrada estás esta mañana! ¿Te encuentras mal, o algo así? ¿Quieres que te acompañe al ambulata? De verdad. No me importa". ¡Será cabrona la amiga esta! Con lo bien que me encuentro yo esta mañana. Me quiere llevar a una enfermedad, la muy... Pues no me voy a dejar. Me encuentro bien, así que me voy a enfrascar en mi trabajo y a hacer caso omiso de las chorradas que me ha dicho. Si pensase de otra manera; si fuera una persona del montón, seguro que acabo en el centro de salud más próximo. Yo sé que la solución está en vivir el momento y no pensar ni un centímetro más allá de mi "aquí y ahora". Este momento es lo único que hay.
9.11.09
Me levanto por la mañana. Me siento en el borde la cama. Me apoyo con ambas manos. Dejo caer ligeramente mi espalda y mi cabeza. Me estiro. Me pongo de pie. Y ¡horror y desesperación!, la rodilla me suena: “Clack” ¿Clack? –pregunto mentalmente- ¡Coño, clack! –continúo- ¡Joder! ¿Qué será? ¡Mira que si me he roto el menisco! Pues vaya jodienda… En cuanto me duche y me vista, me voy a que me hagan unas “resonancias” de esas, que cuestan una fortuna y nadie sabe interpretar correctamente. ¡Vaya marrón! ¡Me ha hecho clack la rodilla! ¿Comprendes la ironía, mi querido lector? En vez de sufrir por ello o juzgarme, me voy a ir a pasear con mi clack en la rodilla. Estaré paseando con él hasta que me harte. Sin pensarlo; gozando de los árboles del Sotillo. Mañana ya no habrá clack. No obstante surgirá otra cosa que, naturalmente, también aparcaré en un recóndito archivo de mi mente calenturienta. Quizá un lumbago, algun fremitus en mi loco corazón, un dolor repentino en el brazo derecho, una punzada en el pecho al respirar...
"¡Huy, Manuela, qué demacrada estás esta mañana! ¿Te encuentras mal, o algo así? ¿Quieres que te acompañe al ambulata? De verdad. No me importa". ¡Será cabrona la amiga esta! Con lo bien que me encuentro yo esta mañana. Me quiere llevar a una enfermedad, la muy... Pues no me voy a dejar. Me encuentro bien, así que me voy a enfrascar en mi trabajo y a hacer caso omiso de las chorradas que me ha dicho. Si pensase de otra manera; si fuera una persona del montón, seguro que acabo en el centro de salud más próximo. Yo sé que la solución está en vivir el momento y no pensar ni un centímetro más allá de mi "aquí y ahora". Este momento es lo único que hay.
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