martes, 23 de febrero de 2010

EL PARLAMENTO DE MIGUELTURRA

Me contaba mi abuelo Raimundo, ya hace tiempo, cuando las laderas del páramo estaban llenas de flores en primavera, y las colmenas del ‘matapuercos’ estaban a rebosar de miel y de cera. Le pusieron el mote porque mató a un marrano al dar marcha atrás a un tractor, de los primeros que se veían en la Mancha. Mi abuelillo era recio y terne, y tenía buenas ideas y buen corazón, de lo que ya no queda por ahí. Cuando había que elegir alcalde todos pensaban en el hijo de la ‘despeñada’. La pusieron el mote porque se cayó por un terraplén y salvó la vida, pero se quedó coja y medio manca. Que la podían haber puesto la coja o la manca. Pues no señor, la despeñada. Mi abuelillo accedía de buen grado a ocupar el primer asiento de la alcaldía y allí se apoltronaba cada vez que convocaba a los ediles para decidir sobre una linde, sobre la mejor manera de apañarle el tejao al Sinforoso, que se le estaba cayendo encima, o de dónde podían sacar dinero para arreglar la fuente de la plaza o para asfaltar el cacho de carretera que se fue a hacer puñetas con las últimas heladas del invierno. A la Diputación la tenían muy descargada de obligaciones; casi nunca le pedían nada. Sobre todo porque el presidente era un ‘mala leche’, de los que te mandaban a cagar a la vía en cuanto no le gustaba lo que le proponías. Le pusieron de mote ‘el marrajo’ porque arremetía astuta y maliciosamente, a golpe seguro, contra aquel que le molestaba demasiado, y le propinaba una cornada, de la que, si salía ileso, luego lo contaba a todo el pueblo.



Aquel día, el alguacil fue de casa en casa avisando de una reunión muy importante, de orden del Señor Alcalde. El orden del día tenía solamente un punto: Reunir dinero para mandar a la hija del ‘apañao’, la Rosita, a estudiar a Madrid, dadas las cualidades de bondad, memoria y sabiduría que demostraba la zagala. Al padre le pusieron de mote ‘el apañao’ porque siempre que le preguntabas por la salud, por la familia o por el ganao, torcía la cabeza, te miraba de soslayo y contestaba: “Apañao”. ‘El apañao’ sobrevivía con lo poco que sacaba de la vaca, del cachito de huerta que le había cedido el Ayuntamiento para que pudiera vivir de ella, y cuatro chapuzas que hacía a los vecinos, porque era muy apañao. De mandar a la zagala a Madrid a estudiar, nada de nada. Ya lo pensaba, pero como no podía, se callaba y apañao. Tampoco pedía nada, ni se quejaba nunca, pero gozaba de las gratificaciones que recibía por sus trabajos y por su gran corazón.

Entraron todos por el zaguán de la casa de Raimundo y se sentaron, con las sillas que consiguieron en cualquier rincón de aquella casona, en una especie de cuarto para todo, que tenía el Raimundo cerca de la cocina y del corral. Cuando todos se hubieron acomodado, el Señor Alcalde tomó la palabra y les habló en estos o parecidos términos: “Buenas tardes, queridos conciudadanos. Buenas tardes –contestaron todos al unísono- Os he mandado acudir a mi casa, sede del Ayuntamiento de Miguelturra, del Campo de Calatrava, Provincia de Ciudad Real, para contaros lo que ya todos sabéis y ninguno ignora. Que la hija del ‘Apañao’ tiene que ir a Madrid a estudiar, porque es muy lista, y dada la circunstancia de que su padre, ‘El Apañao’, no tiene ni un guindo, habíamos pensao, entre algunos vecinos, entre los que se encuentran, felizmente, ‘El morros’ y ‘La polvitos’, que podíamos arrimar el hombro entre todos para que la cría llegara a ser abogada, que, al parecer, es lo que le gusta, y a su padre también. Así que, sin más temperatura, procedo a escuchar, por riguroso turno, de izquierda a derecha, lo que tengáis que contestar. Los perros del ‘pelahuevos’ -se lo pusieron de mote porque andaba siempre rascándose descaradamente y la ‘Polvitos’ le dijo un día: “Como sigas así, un día te vas a pelar los huevos, criatura”-, estaban tranquilos a los pies de su amo, pero la gata del Raimundo andaba dándoles por el culo y pasaba corriendo y en su carrera desenfrenaba, les daba un zarpazo. Poco daño, la verdad, para mastines bragados, que, además, sabían cómo tenía los humos la jodia gata del Raimundo. La miraban y la despreciaban, luego miraban al ‘pelahuevos’ y rezongaban complacidos con el puesto que ocupaban en la comunidad. La ‘Despeñada’ sacó unos chupitos de Málaga virgen y unos mantecados caseros que hicieron las delicias de los asistentes. Tanto es así que todos estaban deseando que se hiciera otra reunión en ‘La Alcaldía’ para ponerse moraos de Málaga virgen y de mantecados de ‘La Despeñada’. Al concluir ‘el pleno’ hicieron recuento de la recaudación que fue, números redondos, de dos mil duros y setecientas pesetas. La niña podía permitirse el lujo de estudiar en Madrid y los Miguelturranos estaban satisfechos que no les cabía un piñón por el culo. Desde entonces todos fueron padrinos de la Rosita. Y los perros del ‘Pelahuevos’ siguieron aguantando a la gata del Alcalde hasta que la palmó de un mal parto. Pero entonces los perros ya no tenían que aguantar a la gata del Raimundo, sino a los cuatro gatos del Alcalde. ¡Qué se le va  a hacer! Con tal de asistir a las reuniones de la alcaldía donde ‘la Depeñada’ les daba al final unos pitracos de carne de guarro, aguantaban a los cuatro cabrones de gatos que habían heredado los genes de su puñetera madre.

lunes, 22 de febrero de 2010

EL DRAMA ARGUMENTADO

Siempre fue apocado y timorato. Creció enfermizo y débil. Sus padres vivieron pendientes de él, hasta que un cambio repentino en su metabolismo mejoró su homeostasis. No obstante siguió siendo absolutamente protegido y mimado por su madre. Su padre era un advenedizo sin lugar en la familia; no significaba mucho en el concierto general. Estudió contabilidad y, en un momento determinado llegó a la conclusión, fundamental para él, de que no le había llamado Dios para los números. Tamaña paradoja le sumió en el desconcierto, y, después de una temporada de cavilaciones, decidió graduarse en  chino mandarino. Curiosamente esto le sirvió para conseguir la seguridad de un puesto de traductor en el Ministerio de Asuntos Exteriores. La plaza era eventual, pero considerando la demanda de ese puesto de traductor simultaneo de chino mandarino, ni siquiera se planteó la posibilidad de quedarse en la calle.

Lo hizo bastante bien en el tiempo en el que permaneció en su cargo. No recibió parabienes, pero era suficiente no recibir ninguna queja en dos años. Estaba moderadamente satisfecho; todo lo que él podía estar de su trabajo y de la vida en general. Mientras tanto, seguía viviendo en casa bajo el paraguas de la madre y la indiferencia del padre. Una mujer china le complicó la vida. Se conoce que tenía algo –cualquiera sabe qué- que encantaba a las orientales. El caso es que se coló por él y le hizo perder la cabeza hasta comprometerse seriamente , naturalmente con la frontal oposición de la madre que le reconvino al respecto, haciéndole ver la diferencia de cultura, gustos y costumbres que había entre ellos. “Te va a amargar la vida, hijo mío” –le decía a gritos- ¡Que tú no sabes lo que son las chinas! ¡Que no has salido del cascarón! ¡Que sin tu madre no eres nadie, atontao! –le repetía constantemente-. Él no tenía más que oídos y ojos que para la china. Pensaba noche y día en ella desde el momento en que lo encerró en un cuarto de baño y, literalmente, abusó de él. La primera vez que una mujer le comía la boca, los pechos y otras cosas en las que no podía ni pensar so pena de ponerse nervioso y tenerse que dar duchas frías. Eyaculaba en la cama como un seminarista.  Todo antes de masturbarse. La deseaba, pero no sabía cómo. Sólo quería irse a vivir con ella. Al fin y al cabo tenía un sueldo suficiente, y ella también trabajaba. Podían defenderse a las mil maravillas. La idea oculta para todo el mundo, era su tema mental. Dormía, comía y trabajaba con ella. Seguía poniéndose a parir cada vez que le encerraba en un cuarto de baño para abusar de él. Ni cuenta se daba de que era una obsesa. Él, verdaderamente, no había salido del cascarón, pero sentía la seguridad de su dinero; del dinero que se ganaba honradamente todos los meses.



Recibió la carta de la Dirección General aquella mañana de intensa lluvia. Un bedel se la entregó en mano y le hizo firmar un papel. No le preguntó ni de qué se trataba. En realidad le importaba un bledo. Quería a Yuan Su y eso era lo único que le importaba. Se la metió en el bolsillo de la chaqueta. Después de trabajar se fue a casa, no sin antes dejar que Yuan Su metiera sus hocicos allí donde el volaba por los aires. Se sacudió el agua de la gabardina, la colgó en el cuarto de baño para que escurriera. Se bajó los pantalones y los calzoncillos. Tenía carmín en su pingajo. Se sentó en la taza y sacó el sobre del bolsillo de su chaqueta. Leyó atropelladamente: “Por medio de la presente le comunicamos que la relación entre este Ministerio y usted es de contrato eventual en espera de consolidación del puesto. En esta fecha, se ha dado la circunstancia de que la titular del cometido que usted ha ocupado durante dos años, señorita May Pen, ha vuelto a reintegrarse a su trabajo. Le agradecemos su colaboración y le avisaremos si surge alguna plaza nueva de traductor simultaneo de chino mandarino”.

La sangre se le agolpó en la cabeza. Pensó intensamente en Yuan Su, en su madre y en su pingajo manchado de carmín. Se subió los pantalones. Salió precipitadamente de casa sin oír los gritos de su familia. Subió las escaleras a zancadas. Seis pisos hasta la terraza. Llegó exhausto. Llovía intensamente. Antes de llegar al quita miedos estaba completamente empapado. Llevaba todavía la carta de despido en la mano. Dio el salto con ella fuertemente cogida. No pensó en nada más.

Cuando sus jefes se enteraron del hecho, no sintieron ni el más mínimo remordimiento. Ellos seguían en su trabajo. Yuan Su expulsó dos lagrimitas, y a las dos horas estaba en un cuarto de baño, dejando su carmín en la entrepierna del traductor simultaneo de Sirio. Su madre fue ingresada en un sanatorio psiquiátrico y su padre se murió de un infarto masivo.

domingo, 21 de febrero de 2010

EL AMOR BIEN ENTENDIDO

El hombre, en su humana naturaleza, tiene la capacidad de almacenar todo en su pensamiento. De por sí, propende a la comodidad, a la desidia, a la molicie. Sólo su parte divina le proporciona las armas para moderar sus naturales inclinaciones. Una cosa es lo que nos gustaría hacer o poseer, y otra muy distinta lo que podemos o nos dejan hacer y atesorar. En esta oportunidad, he tenido ocasión de reflexionar sobre las acusaciones que se pueden verter sobre la persona a quien le gustan las mujeres, pero tiene la suya. A quien le gustaría participar en una orgía romana, pero se conforma con una dosis de porno en lata. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Desde aquellos tiempos, hasta estos que vivimos, las cosas no han cambiado sustancialmente. La sociedad es puritana por necesidad y cínica por convicción. Te pueden acusar de inclinaciones que son generales, pero que unas personas portean o soportan mejor que otras. Hasta los santos, en sus intentos de vivir sus vidas exentas del pecado de la carne, se mortificaban físicamente para no caer en la tentación. La historia está llena de instrumentos de auto tortura, que empleaban para alejar las quimeras de la mente, que les hacían cometer “actos impuros”. En estos días que nos ha tocado vivir, la industria de la prostitución y el porno, en cualquiera de sus modalidades, es una de las que más beneficios dinerarios consiguen. ¿No será porque la mayor parte de la población, que tiende a la satisfacción sexual, utiliza estos cauces para no vivir en la mentira más profunda? Una cosa es que me gusten las mujeres, otra muy distinta que camine de una en otra intentando satisfacer mis instintos, a costa de mi legítima esposa, que no se merece tal trato.

Los gustos, la química, la atracción, son cosas absolutamente presentes en cada persona. Y, a lo largo de la vida, nos gustan cientos de personas. Con unas establecemos una relación y con otras no. Pero, como base de argumentación, empiezan gustándonos. ¿Para qué? Para plantearnos, eso, una relación ¿Hasta dónde puede llegar en nuestra mente? Hasta donde alcancemos a pensar. Y, desde luego no nos quedamos en el primer escalón, subimos hasta arriba. Quizá la mujer sea más perezosa para subir demasiado. El hombre sube hasta lo más alto. Otra cosa es que consiga materializar sus pensamientos o que se caiga desde las alturas. Pero todo el mundo piensa, elucubra y desea. Unos ponen en práctica sus pensamientos, y otros se limitan a jugar con sucedáneos. ¿Necesariamente se puede considerar como una mentira el que un varón ame a su mujer y se entretenga con películas porno? A mi juicio, en multitud de las ocasiones, el sexo no tiene nada que ver con el amor; yo diría que ambos conceptos, sexo y amor, tienen multitud de grados y acepciones hasta llegar al cenit de uno: El amor incondicional, y a cima del otro: La entrega lúbrica a la persona elegida, con satisfacción plena.

El amor incondicional es un concepto, no mal entendido, sino absolutamente despreciado por lo imposible de su realización humana. Me impresionó mucho un artículo de Dn. Juan Manuel de Prada –y le antepongo el ‘don’, porque no he tenido el placer de que me lo presenten, y le tengo muchísimo respeto- en el que hablaba del amor de Jesús de Nazaret en estos términos:


“Nuestro alejamiento de las lenguas clásicas –un barco a la deriva que se va hundiendo irreparablemente– nos impide disfrutar de delicadezas como la que Benedicto XVI resalta en un pasaje de su último libro, Los apóstoles y los primitivos discípulos de Cristo (Espasa), dedicado a Pedro. En griego existen dos verbos que designan la acción de amar: filéo, que expresa el amor de la amistad, tierno y entregado, pero no totalizador; y agapáo, que significa amar sin reservas, con una donación completa e incondicional a la persona amada. El evangelista Juan, cuando refiere el episodio de la aparición de Jesús resucitado a Pedro a orillas del lago Tiberíades, emplea ambos de un modo muy significativo y dilucidador. Podemos imaginarnos ese episodio como el encuentro de dos viejos amigos conscientes de la herida que se ha abierto en su relación, pero dispuestos a restañarla sinceramente, dispuestos a recibir y dar perdón, para que esa herida no ensombrezca el futuro de su amistad. Pedro sabe que, apenas unos días antes, cuando su amigo más lo necesitaba, lo ha traicionado por cobardía o por mero instinto de supervivencia, negándolo hasta tres veces después de prometerle lealtad absoluta. Y Jesús, por su parte, sabe que esa traición ha sido consecuencia de la debilidad de su amigo, consecuencia pues de la propia naturaleza humana; y sabe también que su amigo está avergonzado y mohíno por su falta de coraje. Entonces Jesús, dispuesto a olvidar ese desliz, le pregunta a bocajarro: «¿Me amas?».



El evangelista escribe agapâs-me; esto es: «¿Me amas con un amor completo e incondicional?». Es como si Jesús demandara a Pedro un amor superior al que hasta entonces le ha profesado, un amor que excluya las debilidades y que proclame una adhesión entusiasta, acérrima, tal vez sobrehumana. Nada hubiese resultado más sencillo para Pedro que responder agapô-se («te amo incondicionalmente»), satisfaciendo esa demanda de amor absoluto que Jesús le lanza; pero, consciente de sus limitaciones, consciente de que lo ha traicionado y de que en el futuro tal vez vuelva a hacerlo (aunque, desde luego, nada más alejado de su propósito), Pedro le responde con pudorosa y escueta humildad: Kyrie, filô-se; esto es: «Señor, te quiero al modo humano, con mis limitaciones». Podemos imaginar que la respuesta de Pedro por un segundo defraudaría a Jesús: ha ofrecido a su amigo su perdón sincero y algo más que su perdón, a cambio de que nunca más le vuelva a fallar; pero su amigo no desea defraudarlo con esperanzas vanas, no desea que Jesús le atribuya virtudes sobrehumanas. Entonces Jesús insiste y vuelve a usar el verbo agapáo: «¿Me amas más que éstos?», refiriéndose a los discípulos que se hallan junto a Pedro a orillas del lago. Esta segunda pregunta de Jesús debió de incorporar un matiz perentorio, incluso exasperado, algo así como: «Oye, te estoy preguntando que si me amas a muerte, no me vengas con medias tintas». Pedro sin duda captó ese tono requirente, tal vez incluso enojado de Jesús; y algo debió de temblar dentro de él, tal vez el miedo a decepcionar a su amigo; y no parece improbable que su respuesta tuviese un tono compungido, desfalleciente, lastimado, temeroso de recibir una reprimenda. Pero así y todo volvió a emplear el verbo filéo: «Señor, te quiero a mi pobre y defectuosa manera, con todas mis fragilidades a cuestas».

Entonces Jesús vuelve a interpelarlo por tercera vez, como tres habían sido las veces que su amigo lo había negado, en la noche amarga; pero, para sorpresa de Pedro, que ya estaría esperando un chaparrón de maldiciones e invectivas, Jesús emplea ahora el mismo verbo al que Pedro se había aferrado antes: Fileis-me? Es un momento de gran fuerza conmovedora, porque Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en la frágil naturaleza humana; y, olvidándose de esa exigencia sobrehumana, se adapta, se amolda a la debilidad de Pedro, a la frágil condición humana, porque entiende que en su amor renqueante que tropieza y cae y sin embargo se vuelve a levantar dispuesto a proseguir sin titubeos su camino puede haber un ímpetu, una alegría de andar superior incluso a la de un amor que se cree vacunado contra todos los tropiezos. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta como es, que lo abraza también en el tropiezo y en la caída, afirma con alivio, con decisión, con alborozo: «Sabes que te quiero» (filô-se).

Y fueron amigos para siempre. Tal vez porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias”.


Estamos pisando la tierra, el asfalto, el terrazo o el parqué a varios metros de altura, pero pisando. Que yo sepa, no ha habido nadie, todavía, que haya tenido la habilidad de despegar su peso del suelo para volar, sin ninguna ayuda mecánica, por un tiempo superior a un par de segundos. Luego, indefectiblemente, y a veces traumáticamente, el peso tiende a cumplir con la ley de la gravedad y es atraído pesadamente hacia el suelo donde se aplasta con tenacidad. Estamos hechos de carne y hueso con todas las ventajas y los inconvenientes que eso conlleva. A imagen y semejanza de Dios, pero de chica y taba. Por eso, en el momento en el que Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en su frágil naturaleza humana, se adapta, se amolda a Pedro y a su condición. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta tal cual es, que lo abraza también en los tropiezos y las caídas, afirma con decisión, con alborozo: “Sabes que te quiero”

Tal vez –como dice Juan Manuel-: “…Porque el amor  más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias”.

Mujer: ¿Tú estarías dispuesta a ofrecer a tu pareja un amor de agapô-se; un amor incondicional que se coloca por encima de la negación y de la traición? O te conformas con un filô-se, que va más acorde con tu naturaleza humana? Y entonces ¿Por qué exigimos tanto a la pareja? Cuando seamos alguno, sólo uno, capaces de amar incondicionalmente. Es decir: Yo te doy mi amor y no espero de ti nada a cambio; puedes hacer con él lo que quieras, el mundo empezará a comprender la lacra social que es pedir y rendir cuentas de la propia conducta. Somos humanos, y aunque esto no debe constituir, en modo alguno, un pretexto, tenemos que someternos; estamos sometidos, a nuestra naturaleza. Ninguno somos dioses, ni supermanes, ni santos varones exentos de tentaciones. Aunque debemos tender a la perfección y la impecabilidad.

viernes, 19 de febrero de 2010

LA RECETA DE LA SEMANA

He aquí la segunda receta de mi libro. Se trata de una sopa de verduras y pasta con queso, que viene de perlas para estos días de frío invernal. Tomar nota:





SOPA CON PATATAS Y PASTA (Región del Lazio)

Ingredientes:

300 gramos de patatas cortadas en trocitos. 130 gramos de espaguetis rotos. 30 gramos de cebolla muy picada. 50 gramos de zanahoria muy picada. 30 gramos de apio triturado. 100 gramos de tomates cherry en trozos. 50 gramos de queso parmesano en trozos. 1cuchara de manteca de cerdo o mantequilla. 1 litro y medio de agua caliente. Un poco de hierba mejorana triturada. Sal.

Elaboración:

Hacer una mezcla con la manteca de cerdo o mantequilla y la mejorana, y echarla en una olla grande. Calentar. Añadir la cebolla, la zanahoria y el apio, y cocer durante 5 minutos a fuego lento, mezclándolo de vez en cuando. Añadir los trozos de patata, mezclar y, después de 5 minutos, verter los tomates. Dejar otros 5 minutos y añadir el agua caliente. Sazonar al gusto. Tapar la olla y cocer 35 minutos a fuego lento. Añadir los trozos de queso Parmesano y la pasta cortada. Cocer hasta que la pasta esté al dente.

Verter en cuencos y comer caliente. Una sopa económica y sencilla. Muy buena en los inviernos fríos. Acompañar con un buen tinto.


jueves, 18 de febrero de 2010

LA VIDA EN ZEN

Tengo multitud de amigos que me envían correos a diario. Como hace algunos años que nadie manda cartas por correo, con su sobre y su sello, más que los bancos y algún que otro acreedor, supongo que habréis entendido que se trata de correos electrónicos. Me trago cada bazofia de categoría, pero incluso así agradezco que se acuerden de mí. Algunos, sin embargo,  son muy buenos, y un par de ellos al mes merece la pena darlos a conocer y difundirlos para deleite del mayor número de personas posibles. He aquí uno de esos con categoría de excelentes. No puedo mandaros el soporte de las fotografías que los sostienen, pero lo ilustraré con otras ad hoc.

-        Los maestro pueden abrir la puerta, más sólo tú puedes entrar en el misterio.





-          Ten un proyecto de vida, pero estate abierto para percibir las señales del camino. Se flexible como las ramas de los árboles azotadas por el viento, así nadie podrá quebrarte.




-         Enciende un incienso. Él marcará el tiempo de tu meditación o cualquier actividad, y purificará el ambiente. Además, según los monjes budistas-zen, el humo proporciona bienestar a todos los seres, y eleva nuestro espíritu.


-         Ten a tu alcance un caja de arena con algunas piedras, y modifica a diario su disposición y el trazado de los surcos. Mover el jardín zen es una forma de aquietar la mente y constituye una metáfora de la vida: Todo está cambiando constantemente, un día es diferente a otro y tú puedes crear tu presente.


-         Cuando estés en una situación de conflicto en tu trabajo, o recibas una provocación, no reacciones de inmediato. Respira y presta atención, pues siempre existe una manera de resolver las cuestiones de una forma pacífica, con respeto, amorosamente. En caso contrario, entras en una sintonía de acciones y pensamientos negativos, dañinos para los demás y para ti mismo.


-         En el tráfico mantente  atento y gentil con los otros conductores. Cumple con la distancia y cede el paso. Si te alteran los atascos ten a mano música tranquila y algunos dulces. Eso te bajará la ansiedad y suavizarán tu enojo y tu impaciencia.


-         Simplemente sé lo que eres. Acepta tu cuerpo y tus pensamientos.


-           Acuérdate de mirar al cielo. Eso expande los límites de tu conciencia, y te recuerda que eres una pequeña parte del inmenso Universo, que está siempre en movimiento.



-        Al hablar utiliza palabras de cariño y respeto, pues estás delante de otro ser humano, sea quien fuere.
-     

    -   Reserva algún tiempo durante el que no hagas prácticamente nada. No pienses, no contemples, no desees cambios.
-      


-          En cada gesto cotidiano puedes descubrir nuevos placeres. Saborea el agua y cada alimento como un bien precioso, una fuente de energía vital. Y cuando estés comiendo o cocinando, no desperdicies nada.


-        Comienza el día sentándote con la columna recta en un asiento. Estate atento a tu respiración, a los latidos de tu corazón, a tus tensiones, a tus pensamientos. Quédate así durante algunos minutos, después respira hondo y sal al mundo dispuesto a aceptar el día como venga, como si fuera el primero de tu vida.


-         Vive el momento presente. El pasado ya se fue y el futuro aún no existe. El aquí y ahora es la única realidad que tienes.


-         Tu respiración tiene la virtud de cambiar rápidamente tu estado de ánimo. En situaciones de estrés, ansiedad, enfado, tristeza, calma tu respiración, respira hondo y profundo tres veces y ten en cuenta que todas las situaciones son pasajeras, que todo está en constante transformación y que, esa situación que tienes, también pasará.




-         Presta atención a todo lo que hagas y vive las acciones y comportamientos repetitivos como una nueva oportunidad de percibir la vida con más cuidado y amor.


¡Que Dios te bendiga en todos los momentos de tu vida!

martes, 16 de febrero de 2010

LAS IDEAS EN 'PACK'

Me inspira el comentario de hoy, un artículo, muy preciso, de Carmen Posadas, en el que dice que no la gusta el pensamiento en pack. Es decir. Una serie de ideas dispares, que juntas forman un pack indivisible inspirado por los partidos políticos. Por ejemplo, habla de que los de izquierdas –que cada vez son más de izquierdas- manejan y defienden el pack de estar a favor del aborto, de la ley de memoria histórica, de la retirada de crucifijos de las escuelas y lugares públicos y oficiales, de la causa saharaui, de la legalización de los inmigrantes y de la prohibición de la fiesta de los toros. Y los de derechas –que cada vez son más de derechas, en legítima defensa- apoyan encarnizadamente a los internautas que bajan ilegalmente cosas de internet, a favor de endurecer las penas para los delincuentes menores de edad; aparte de estar en contra de todo lo que están a favor las izquierdas. Y Carmen se pregunta: ¿y es que una persona no puede tener criterio y estar a favor de la ley de memoria histórica y en contra de la ley del aborto? Eso sería la consecuencia lógica de una buena educación en valores humanos, de un estricto control de actitudes frente a los docentes, de una racional dosificación de los placeres permitidos, y de un endurecimiento de las condiciones escolares para, entre otras cosas, aumentar la excelencia y la calidad de la cultura. Pero desde la constitución del primer gobierno socialista en el año 1982 –hace casi 30 años; es decir, casi dos generaciones- una de las cosas que emprendieron con gran virulencia fue la reforma de la enseñanza, para, gradualmente, robar la impecabilidad de la cabeza de los jóvenes que, unos años después, iban  tener derecho a votar a aquellos que les habían regalado las libertades que les empezaban a permitir hablar de tú a sus educadores, insultar a sus padres, fumar droga en la mayor impunidad y cometer la felonía de  practicar el coito pleno, y sin precauciones ni medir las consecuencias, cada vez a más temprana edad. Sé, de muy buena tinta, que hoy en día las niñas comienzan sus relaciones sexuales entre los 12 y los 14 años. Y ahora el tren ha descarrilado de la vía de la decencia para caer, machacado, a un lado de la insensatez, con la permisividad de poder abortar sin consentimiento paterno a los 16 años, o tomar una píldora, autorizada por sanidad, que, según los entendidos es una bomba hormonal, que puede estallar en cualquier cría adolescente,  provocando un cataclismo endocrino. Pero el pensamiento hodierno es que los niños van sobrados y lo tienen todo controlado, porque se sienten arropados por las leyes promulgadas, a quema ropa, por unos mentecatos, zopencos, ignaros, corifeos sin mérito alguno de todos estos jóvenes que le hacen una mamola a sus padres y a sus superiores en cuanto osan oponerse a sus insensateces.


Una persona en posesión de un criterio apoyado en el estudio de humanidades, filosofía y religiones comparadas, tiene la libertad plena de decidir qué le gusta y qué no; puede discriminar entre una persona que miente y una que exhala sinceridad a varias leguas de distancia, y es extraño que le metan gato por liebre: Y si se lo meten una vez, a la próxima están tan avisados como un toro muy capeado, que va al bulto. Y los comentaristas, periodistas y políticos de uno y otro bando se deben a la mamandurria y al criterio, ya antañón de: el que se mueve no sale en la foto. A la consigna de: ¡Todos a chupar del bote! Se unen los inútiles que están viviendo a costa de los que han elaborado el pack, por su víscera atea, anticlerical, anticristiana y anticultural, que han inventado la manera –y lo están consiguiendo- de amaestrar y teledirigir a la juventud votante, a las mujeres  -con las que están cometiendo la mayor canallada de la historia haciéndolas creer que son capaces de cualquier cosa que pueda hacer un hombre, incluso dar por el culo al prójimo - , a los emigrantes que, de un día a otro –ya falta muy poco- podrán votar al que les ha dejado entrar en España para robar, extorsionar, atracar, ensuciar, prevalecer en sus ideas y en sus religiones –cuando a nosotros no se nos permite montar un confesionario en ningún país del islam- y violar a niñas indefensas,  a los políticos correligionarios y contrarios que esperan un trato de favor si se pliegan a las injerencias y manejos del partido en el poder, a los periodistas, la mayoría de los cuales viven de los periódicos que, a su vez, viven de los partidos políticos y de la gente que los vota, etc. No hay en España, ya, nadie que sea independiente; quedamos doce o trece y se ríen de nosotros que se parten el culo. Pero hay que ser muy ingenuo para no ver el panorama desde el puente y para preguntarse el porqué de ciertas cosas que ya transcienden.

Como dice Carlos Herrera, por la pluma de Javier Perez-Reverte: “Si a este país llega un tonto más, nos caemos todos al agua”.

LOS LAPSUS MENTALES O CÓMO NO CAER EN LAS GARRAS DE LA JUSTICIA

(Dedicado a mi amigo José Luis Varillas)


Me dejé caer hacia tras en la cama desarmado; como si me hubieran cortado las jarcias y los obenques. Mi respiración estaba agitada y mis pulsaciones se hacían evidentes en mis sienes. Temblaba  nervioso. La situación era indeseable, insoportable. Pensé en los motivos que me habían conducido al desastre final. Ninguna de las circunstancias habían sido provocadas por una mala idea, maniobra o acción, que pudieran resultar punibles a los ojos de la mayoría de la gente con la que convivía. Estaba acostumbrado a caer en la cama con la satisfacción del deber cumplido y con ausencia de cuentas pendientes. Simplemente gozaba del acogimiento de mi lecho, me arrebujaba entre las sábanas y el edredón y empezaba a recitar mentalmente mi mantra favorito. De ahí al sueño plácido y reparador, no era consciente del tiempo que transcurría; nada. Entraba en el sopor y ya se iban los pensamientos, hasta que los recuperaba con alguna escena onírica que me hacía vivir alguna situación diferente a lo acostumbrado, en la que se colaban personajes, actitudes y deseos que no eran frecuentes en la vigilia de cada día. Al despertar, paz. Nunca permanecía más de diez minutos en la cama sin verme impelido a levantarme. Reanudaba la actividad del día a día, como de costumbre, pensando, exclusivamente, en las ocupaciones de cada instante.

Las circunstancias me habían condenado a no poder ejercer algunos de los derechos de los que gozaba cualquier ciudadano: La tranquilidad del final; el descanso merecido; las vacaciones en el estío; el hoy voy a hacer lo que me apetezca: “¿María José, qué me va a apetecer hacer hoy?; el abandono en el sofá del salón, entre cojines, viendo pasar imágenes en la pantalla, sin intención de juzgarlas; el pasear plácidamente y pararte donde y cuando te apetece, aunque sea a ver cómo trabajan los demás; la falta de obligaciones, el cumplir a capricho las devociones; el hoy no trabajo porque no me mola.
Tenía que currar todos los días laborables, de todas las semanas, de todos los meses, de todo el año, para poder seguir viviendo sin echarme encima todo el poder de la justicia. Era una situación cafquiana en la que no podía permitirme el lujo de ponerme enfermo; en la que no podía pensar, ni por lo más remoto, en largarme de vacaciones siete días al año ¿qué digo? Ni un solo día de una sola semana. En la que no se me podía pasar por la imaginación no trabajar un día, para darme el placer de ejercer alguna de aquellos derechos que tiene todo jubilado. Yo lo estaba, pero sólo en teoría, de nombre, y por la pensión. Mi trabajo es, una vez inmerso en el periodo de retiro laboral -en el que no debía de desempeñar mi actividad, sino por capricho y por afición-, ver a pacientes de compañías de seguros médicos, con las que mantengo un contrato de “prestación de servicios” que, para facilitar su comprensión, es una actividad de: tú tienes todas las obligaciones y nosotros todos los derechos; si no trabajas no cobras, y te podemos mandar a hacer puñetas cuando nos apetezca con el simple requisito de avisarte con una prudente antelación. De privados ni lo menciono. Hoy día la gente se gasta mejor el dinero en una comanda en un restaurador, donde va a comer “lomitos de perlan a la salsa de jengibre”, “Endives rustidas con Roquefort” y “Suprema de gamo a la moda de Frankfourt”, que en la consulta de un especialista que le va a ayudar a vivir mejor con sus problemas.
El dinero de la pensión no me llega para pasarle todos los meses la cantidad que, por decreto de la justicia, la tengo que endosar en su cuenta corriente, a mi primera esposa de la que me jubilé hace trece años. Con el dinero de las compañías tengo que pagar la hipoteca de la casa donde vivo con mi segunda mujer, y todos lo gasto fijos que eso conlleva de luz, agua, gas, etc. De gastos suntuarios, ninguno. Tengo que comer y, además, una parte sustancial tengo que añadirla al dinero de la jubilación para completar el zurrón para la “primera”. Todo esto quiere decir que estoy obligado, por la justicia, a tener que trabajar para las compañías por decreto, para poder vivir y pasarle la pastizarra a la “ex”. Pero tengo que trabajar todos los días laborales del año, y algunos festivos, para poder cubrir sus necesidades. Si no pago un mes, la justicia cae sobre mí con todo su rigor. Si no pago tres, me hipotecan la pensión, y si dejo de trabajar y de tener ingresos fuera de la jubilación, estarían obligados a darle a la “ex” la mitad. Con la otra mitad –mil euros escasos- tendría que pagar la hipoteca de la casa, todos los gastos domésticos y comer. Esto equivaldría a tener que vender el automóvil, comprado de segunda mano, que poseo, vender la casa –si se puede en estos tiempos- y alquilar un apartamento, y condenarme a una vida miserable después de haber trabajado 45 años para la sociedad.


El pecho me pesaba; me di la vuelta. Como un aleteo de mil pájaros, me vino a la mete en ese preciso instante, como si al rodar sobre mí se hubiera movido algo dentro de mi cerebro, la situación del conductor del rhiscka de Nueva Delhi: Todo el día acarreando turistas de acá para allá, con una humedad relativa de un 70% y una temperatura de 40 grados, no son lo mejor para el funcionamiento pulmonar. Todos acaban tuberculosos. Hicimos amistad con uno de aquellos parias y le preguntamos por sus circunstancias. Refirió que estaba casado y que tenía dos hijos trabajadores como él. A las preguntas de si no le gustaría vivir mejor y dar algunas comodidades a su familia, nos respondió con parsimonia y tranquilidad; con esa pachorra de las gentes de India: “Yo hago lo que puedo y lo que sé. Lo demás está en manos de Dios”. En ese momento cambié el chip y repetí la frase mentalmente hasta veinte veces. Al final de la veinte: “Yo hago lo que puedo y lo que sé. Lo demás está en manos de Dios”, se normalizó el ritmo de mi respiración, se sosegó mi corazón y me quedé plácidamente dormido. Al despertar volví a dedicarme, como tenía por costumbre, a dar gracias a Dios de lo que tenía y a vivir el momento.


Ya no existe para mí la justicia, ni el criterio de los jueces, ni la pasta, ni las obligaciones, sólo el momento que me ocupa. Respiro hondo con el mantra en mi mente, y emprendo mi tarea de cada día.
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