En uno de los muchos cursos sobre ciencia chamánica a los que he asistido, alguien me refirió una parte de su vida, durante la que fue tremendamente infeliz a causa de los celos tremendos que le acosaban a cada esquina, en cada recodo del camino. No le dejaban dormir, no descansaba espoleado por una sensación de angustia, de zozobra, de ira y deseos de comprender ‘por qué’, que se confundían con un sentimiento de venganza y, a pesar de lo mucho que amaba a su compañera, de ganas de herirla para sentir su dolor.
No estaba seguro de nada, ni siquiera de su infidelidad. Sólo se trataba de indicios, casualidades, situaciones, miradas. Nada definitivo ni concluyente. Nunca se había dado la situación de sorprenderla en delito flagrante, y, sin embargo, lo sentía como si la hubiera visto una y mil veces haciendo el amor con un amante imaginario, dotado de unos encantos de los que él carecía.
Ella no contribuía en absoluto a disipar sus temores. Una y mil veces callaba ante sus preguntas acuciantes; una y mil veces contestaba con evasivas que molestaban más que una respuesta contundente y afirmativa. Inseguridad, incertidumbre, vacío. Me contó que aquella etapa de su vida no se la deseaba ni al peor enemigo, pero tampoco a su mejor amigo. Los celos se introducen en el corazón y, sin remedio, lo estrujan hasta constreñirlo y dejarlo sin una gota de sangre. Las entrañas se revuelven y duelen como un mal cólico que hiede a su paso. Todo inútil, baldío, estéril; ningún resultado. Cuando sanó su situación y curó sus hondas heridas de amor comprendió que había luchado contra fantasmas sin forma para no conseguir más que destrozar sus nervios y seguir igual. Razonó que todo era fruto de su imaginación, y, aunque hubiera tenido algún fundamento real ¿qué podía haber hecho? ¿qué arma podía haber utilizado? ¿hubiera conseguido borrar el hecho del calendario? Lo hecho, hecho estaba, y había sucedido porque tenía que suceder.
Por mucho que se hubiera opuesto o que hubiera luchado por el amor recuperado de su pareja, nunca habría borrado aquellos meses de martirio. Nadie puede obligar a nadie a que le quiera con pasión y, sin embargo, todo el mundo desea ser amado con frenesí. Infructuosa pretensión. No puedes hacer que la gente te ame. No puedes obligar a la gente a eso. Cada cual alberga en su corazón sus sentimientos, pero esas emociones no tienen explicación: surgen como un estallido, como un geiser que expulsa con vehemencia su contenido fuera de sí. Sin control, como una fuerza desatad de la naturaleza.
Sin embargo, llegó para él la paz. Un buen día entendió que no necesitaba que lo amasen; lo que necesitaba vehementemente era amar con delirio; amar con toda la fuerza que tenía dentro y que quería ofrecer a los humanos gratuitamente, sin contraprestación alguna, sin esperar nada a cambio. Y se entregó a la tarea como un principiante. Al principio tropezaba a cada paso, luego se fue afirmando en su propósito hasta el punto de sentir su propia felicidad ofreciendo al prójimo lo que a él le sobraba. Y puesto que él así lo quiso, así fue, colmando de dicha a amigos y familiares.
Muy atrás quedó el tedio, la desdicha y el dolor ficticio y abstruso, incomprendido e irracional. Y todo provocado por un sentimiento equivocado, quizá aprendido en la niñez por boca de algún adulto ignorante. Ahora las gozaba en cada trecho del camino, dando a los caminantes los regalos que siempre atesoró en su corazón, y que, a medida que los ofrecía, se multiplicaban por mil, de manera que siempre tenía más que dar cada día de su vida.
Por último, llegó a la conclusión de que toda la batalla había tenido lugar en una liza de su mente. Él había fabricado el lugar, los contendientes, las armas y el odio infinito. Una vez desviado el punto de vista, desapareció la secuencia que nunca había existido en la realidad. Verdaderamente “La mente crea fantasmas que llegan a asesinar a sus propios creadores”
COLECCION DE PENSAMIENTOS, IDEAS, SITUACIONES, COMENTARIOS, REFLEXIONES, FILOSOFIA. SI QUIERES CONSULTAR CONMIGO ALGUN PROBLEMA, LLAMAME AL 807499032 JUNTOS TRATAREMOS DE SOLUCIONARLO
viernes, 23 de julio de 2010
jueves, 22 de julio de 2010
TÁCITO
La palabra nació de la necesidad del ser humano de comunicarse con los seres que le rodeaban. En un princio la palabra se empleaba para entenderse en cosas básicas de primera necesidad. Para interpretar correctamente los deseos del que estaba cerca de ti, y para expresar los tuyos; para avisar de un peligro o para darte noticias de él a distancia. En otro orden de cosas la palabra se empleaba para amedrentar al contrario antes de entrar en combate y durante el mismo. Y poco más.
En un principio la palabra, “el verbo”, lo utilizó el Creador para fabricar la realidad, de la nada. El verbo divino se erigió en creador de lo visible y de lo invisible. “Y el ‘verbo’ se hizo carne y habitó entre nosotros”. Y, desde entonces, la palabra es credora de realidades, empleada en toda su profundidad y en toda su pureza.
Vivimos en un coloide de partículas con una velocidad atómica determinda, flotando, o en suspensión en medio de fluidos con diferentes velocidades atómicas. Todo el conjunto está formado, pues, por átomos de diferente velocidades que, por esta característica, ven definida la densidad de su cuerpo o de su ‘continuo’. Sólo así podemos definir la independencia de los objetos y de los seres vivos que interactuamos en medio del ‘continuo’ formado por átomos en otra velocidad atómica. Aquí viene muy bien introducir el concepto de la ausencia de materia en el Universo, reemplazada por la energía de cohesión de los difeentes átomos de la misma jerarquía, de las diferentes entidades que pululan por el sustrato.
Si no existe materia, sólo energía, es fácil comprender que todo está constituido por átomos. Y estos, a su vez, están cosntituidos por partículas de difeentes cargas eléctricas, girando alrededor de un nucleo que es, como si dijéramos, la fuerza de cohesión. Si nos hacemos infinitamente pequeños, y con ello adquirimos la capacida de explorar un átomo, colocándonos en uno de los corpúsculos que giran alrededor del núcleo central, al mirar hacia arriba veremos los otros corpúsculos eléctricos como si fueran planetas de un extraño sistema solar. Quiere esto decir que en la materia, constituida por átomos, existen, como en todo sistema plantario, grandes espacios vacíos. Sólo se sustenta el sistema por la fuerza de atracción de los corpúsculos que giran, describiendo distintas órbitas, alredor de su corpus central. De esto se desprende que la densidad de la materia es ilusoria, ya que está constituida por átomos con amplios espacios vacios. Es más, cuando toco un objeto, en ralidad no lo toco, porque los átomos de su superficie, al estar cargados de la misma energía eléctrica que los átomos de la superficie de mi epidermis, se rechazarán entre sí haciendo imposible el contacto. Sólo siento la sensación de diferente temperatura del objeto que creo acariciar.
Y ¿qué ocurre con todo esto? Que la energía que yo desprendo con mi palabra –que en algunos individuos es enorme- penetra en ondas en mis átomos y los estabiliza o los perturba. De ahí las afinidades o rechazos que el ser humano siente por algunos semejantes, simplemente por la energía que desprende su persona; sus átomos. Cuanto más con su palabra, con su velocidad, con su tono, con su energía, con su intención, con su volumen. Es estupefaciente el influjo de la palabra en los seres humanos y en los animales, hasta el extremo de calmar a las fieras o excitar a los humanos.
En realidad no somos conscientes del poder de nuestra palabra. Si lo fuéramos, viviríamos callados, y sólo utilizaríamos la laringe en casos de extrema necesidad vital. El resto huelga; no es necesario; es inutil; es ocioso. “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio ¡cállate!”
Hablar no es obligatorio, no utilices tu voz como un deber o como un compromiso. Nadie dijo que hablar fuera imprescindible, pero el mal empleo de la palabra se desprende de la necesidad vital del ser humano de nutrir su ego con la propia razón. Y para ello se mete en dibujos, circunloquios y retóricas, para intentar apabullar al contrario y quedar por encima, caer de pie o llevarse la ‘perra gorda’. La obligación del ser humano es amar, y, para amar, mientras menos hables, mejor; no vaya a ser que, al final, acabes cagándola.
TACERE MULTIS DISCITUR VITAE, “Los muchos infortunios de la vida enseñan a callar”
En un principio la palabra, “el verbo”, lo utilizó el Creador para fabricar la realidad, de la nada. El verbo divino se erigió en creador de lo visible y de lo invisible. “Y el ‘verbo’ se hizo carne y habitó entre nosotros”. Y, desde entonces, la palabra es credora de realidades, empleada en toda su profundidad y en toda su pureza.
Vivimos en un coloide de partículas con una velocidad atómica determinda, flotando, o en suspensión en medio de fluidos con diferentes velocidades atómicas. Todo el conjunto está formado, pues, por átomos de diferente velocidades que, por esta característica, ven definida la densidad de su cuerpo o de su ‘continuo’. Sólo así podemos definir la independencia de los objetos y de los seres vivos que interactuamos en medio del ‘continuo’ formado por átomos en otra velocidad atómica. Aquí viene muy bien introducir el concepto de la ausencia de materia en el Universo, reemplazada por la energía de cohesión de los difeentes átomos de la misma jerarquía, de las diferentes entidades que pululan por el sustrato.
Si no existe materia, sólo energía, es fácil comprender que todo está constituido por átomos. Y estos, a su vez, están cosntituidos por partículas de difeentes cargas eléctricas, girando alrededor de un nucleo que es, como si dijéramos, la fuerza de cohesión. Si nos hacemos infinitamente pequeños, y con ello adquirimos la capacida de explorar un átomo, colocándonos en uno de los corpúsculos que giran alrededor del núcleo central, al mirar hacia arriba veremos los otros corpúsculos eléctricos como si fueran planetas de un extraño sistema solar. Quiere esto decir que en la materia, constituida por átomos, existen, como en todo sistema plantario, grandes espacios vacíos. Sólo se sustenta el sistema por la fuerza de atracción de los corpúsculos que giran, describiendo distintas órbitas, alredor de su corpus central. De esto se desprende que la densidad de la materia es ilusoria, ya que está constituida por átomos con amplios espacios vacios. Es más, cuando toco un objeto, en ralidad no lo toco, porque los átomos de su superficie, al estar cargados de la misma energía eléctrica que los átomos de la superficie de mi epidermis, se rechazarán entre sí haciendo imposible el contacto. Sólo siento la sensación de diferente temperatura del objeto que creo acariciar.
Y ¿qué ocurre con todo esto? Que la energía que yo desprendo con mi palabra –que en algunos individuos es enorme- penetra en ondas en mis átomos y los estabiliza o los perturba. De ahí las afinidades o rechazos que el ser humano siente por algunos semejantes, simplemente por la energía que desprende su persona; sus átomos. Cuanto más con su palabra, con su velocidad, con su tono, con su energía, con su intención, con su volumen. Es estupefaciente el influjo de la palabra en los seres humanos y en los animales, hasta el extremo de calmar a las fieras o excitar a los humanos.
En realidad no somos conscientes del poder de nuestra palabra. Si lo fuéramos, viviríamos callados, y sólo utilizaríamos la laringe en casos de extrema necesidad vital. El resto huelga; no es necesario; es inutil; es ocioso. “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio ¡cállate!”
Hablar no es obligatorio, no utilices tu voz como un deber o como un compromiso. Nadie dijo que hablar fuera imprescindible, pero el mal empleo de la palabra se desprende de la necesidad vital del ser humano de nutrir su ego con la propia razón. Y para ello se mete en dibujos, circunloquios y retóricas, para intentar apabullar al contrario y quedar por encima, caer de pie o llevarse la ‘perra gorda’. La obligación del ser humano es amar, y, para amar, mientras menos hables, mejor; no vaya a ser que, al final, acabes cagándola.
TACERE MULTIS DISCITUR VITAE, “Los muchos infortunios de la vida enseñan a callar”
martes, 20 de julio de 2010
TEMPUS FUGIT
La velocidad de los acontecimientos es vertiginosa. A medida que se cumplen años, la rapidez aumenta exponencialmente. Esto es una determinante del ser humano. Todo el mundo, en un momento u otro de su existencia, saca a relucir el aforismo: “El tiempo cada vez pasa más deprisa”. Tempus fugit, “El tiempo vuela” “El tiempo se escapa”. Y verdaderamente esta es la sensación ilusoria que tenemos formada con arreglo al tiempo. Todo pasa demasiado rápido. No te das ni cuenta y ya han pasado los días, las estaciones, los años, la vida. Parece que fue ayer y ya han pasado muchos años de lo que tu cabeza intenta rememorar como acaecido hace mucho, mucho tiempo.
Esta historia se esconde más allá del principio de los tiempos. Es la misma de siempre sin embargo. El padre, en el lecho de muerte, comunica a su primogénito los ‘secretos’ de la vida: Que nada es lo que parece; que las apariencias no dicen la verdad del fondo; que la gente tiene el miedo escondido en el fondo de su corazón; que todo irá pasando a pesar de nuestra impaciencia; y, quizá, que hay un Gran Dios, allá, en algún sitio recóndito y escamoteado a nuestros sentidos, que vela por su creación, como un padre vela por sus hijos, aunque a veces no lo parezca.
Pero el tiempo es un parámetro que sólo responde a nuestra ponderación; es largo si lo consideramos así; es corto si queremos apurarlo. El tiempo no existe en realidad. Sólo es real en nuestra mente, y nos ayuda a planificar, estructurar y andar por la vida, pero, verdaderamente, el tiempo es un dato irreal. Sólo existe vivo en nuestra cabeza, y, por tanto, en nuestra mente. Si estamos felices, queremos que el tiempo pase muy lento, si nos sentimos desgraciados, intentamos que el tiempo pase veloz. El tiempo, de esta manera, en nuestra mente es como el chicle, con capacidad de dejarse estirar, hasta que, de puro fino, acaba rompiéndose.
Pero, todas las patrañas de este mundo –y hay muchas-, las elaboran, a medias, nuestra mente y nuestro ego. Entre ambos se las organizan para mesurar el tiempo, para sufrirlo y para gozarlo. Pero el tiempo en la mente, responde a la estructura general del programa. Estamos, siempre, en el pasado y en el futuro, y esto necesariamente nos hace evaluar la medida del tiempo, pero esa es la base, no vivimos el presente continuo y eterno. Y el presente no tiene tiempo ni espacio, es simplemente el presente, Ahí no existe la medida del tiempo; sólo se vive sin considerar si es tarde o temprano; si falta mucho o poco. Sólo vives el ‘ahora’. Bueno o malo, pero sólo vives el ‘ahora’. Y en ese hueco, no existe el tiempo, y, por tanto, nunca es tarde; siempre hay tiempo para todo, y el chicle nunca se parte.
Llega un momento en el que uno, por muy poco que reflexione, se da cuenta de estas paradojas mentales. No hace ni ocho días que España se proclamó ‘Campeona del Mundo de Futbol’. Pero eso, es un hecho que para todo el mundo que habita actualmente en España es inédito, porque ‘nunca’ antes había sucedido. Ha sido la primera vez para todo el mundo. Es la primera vez que los españoles hemos vivido un hecho de esta naturaleza. Y no voy a evaluar la importancia del fenómeno en sí en comparación con nada, sólo diré que vamos a estar mucho tiempo sobando la anécdota, contándola, evaluándola y sacándole punta a los detalles, a las enécdotas, y poniendo pensamientos, ideas e intenciones en la cabeza de todos y cada uno de los protagonistas de la historia. Pero esto no es real; ya pasó. No podemos detenernos ni un minuto más en el hecho, porque hay que seguir viviendo, hay que seguir trabajando y hay que seguir creando. Porque, si no, haremos buena la frase “Dormirse en los laureles”.
La panacea para este fenómeno del tiempo no es diferente al resto de las panaceas que recomiendo para cualquier acontecimiento vital: Vive el momento. Pero vívelo, siempre. No hagas como todo el mundo: Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…
Esta historia se esconde más allá del principio de los tiempos. Es la misma de siempre sin embargo. El padre, en el lecho de muerte, comunica a su primogénito los ‘secretos’ de la vida: Que nada es lo que parece; que las apariencias no dicen la verdad del fondo; que la gente tiene el miedo escondido en el fondo de su corazón; que todo irá pasando a pesar de nuestra impaciencia; y, quizá, que hay un Gran Dios, allá, en algún sitio recóndito y escamoteado a nuestros sentidos, que vela por su creación, como un padre vela por sus hijos, aunque a veces no lo parezca.
Pero el tiempo es un parámetro que sólo responde a nuestra ponderación; es largo si lo consideramos así; es corto si queremos apurarlo. El tiempo no existe en realidad. Sólo es real en nuestra mente, y nos ayuda a planificar, estructurar y andar por la vida, pero, verdaderamente, el tiempo es un dato irreal. Sólo existe vivo en nuestra cabeza, y, por tanto, en nuestra mente. Si estamos felices, queremos que el tiempo pase muy lento, si nos sentimos desgraciados, intentamos que el tiempo pase veloz. El tiempo, de esta manera, en nuestra mente es como el chicle, con capacidad de dejarse estirar, hasta que, de puro fino, acaba rompiéndose.
Pero, todas las patrañas de este mundo –y hay muchas-, las elaboran, a medias, nuestra mente y nuestro ego. Entre ambos se las organizan para mesurar el tiempo, para sufrirlo y para gozarlo. Pero el tiempo en la mente, responde a la estructura general del programa. Estamos, siempre, en el pasado y en el futuro, y esto necesariamente nos hace evaluar la medida del tiempo, pero esa es la base, no vivimos el presente continuo y eterno. Y el presente no tiene tiempo ni espacio, es simplemente el presente, Ahí no existe la medida del tiempo; sólo se vive sin considerar si es tarde o temprano; si falta mucho o poco. Sólo vives el ‘ahora’. Bueno o malo, pero sólo vives el ‘ahora’. Y en ese hueco, no existe el tiempo, y, por tanto, nunca es tarde; siempre hay tiempo para todo, y el chicle nunca se parte.
Llega un momento en el que uno, por muy poco que reflexione, se da cuenta de estas paradojas mentales. No hace ni ocho días que España se proclamó ‘Campeona del Mundo de Futbol’. Pero eso, es un hecho que para todo el mundo que habita actualmente en España es inédito, porque ‘nunca’ antes había sucedido. Ha sido la primera vez para todo el mundo. Es la primera vez que los españoles hemos vivido un hecho de esta naturaleza. Y no voy a evaluar la importancia del fenómeno en sí en comparación con nada, sólo diré que vamos a estar mucho tiempo sobando la anécdota, contándola, evaluándola y sacándole punta a los detalles, a las enécdotas, y poniendo pensamientos, ideas e intenciones en la cabeza de todos y cada uno de los protagonistas de la historia. Pero esto no es real; ya pasó. No podemos detenernos ni un minuto más en el hecho, porque hay que seguir viviendo, hay que seguir trabajando y hay que seguir creando. Porque, si no, haremos buena la frase “Dormirse en los laureles”.
La panacea para este fenómeno del tiempo no es diferente al resto de las panaceas que recomiendo para cualquier acontecimiento vital: Vive el momento. Pero vívelo, siempre. No hagas como todo el mundo: Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…
domingo, 18 de julio de 2010
KARMA YOGA
Mi último paciente, por ahora, ha sido un ingeniero de setenta y un años, que viene acompañado por su esposa, algo mayor que él. Se ven todavía enamorados. De un asunto se pasa a otro y, al final, coincidimos en muchos aspectos del ‘pensamiento positivo’. Me acaba contando que ha ejercido en Lérida, que ha tenido una vida plena, siete hijos, varios cientos de nietos, una finca explendorosa en Quintana del Puente y todavía ilusiones en su corazón. Aun así, piensa que ya no puede pedir más y que estaría satisfecho con cualquier final de su película. En el fondo es lo lógico. Un persona en el ‘final’ de su vida; en su última etapa, jubilado, rodeado de sus hijos, de su mujer (a la que adora visiblemente), sin problemas económicos y gozando de la tranquilidd del dolce far niente. “Me lo han puesto delante para que me refleje en él”, pensé al poco rato.
¡Que triste paradoja! Es todo lo contrario de lo que me pasa a mí. Son dos vidas absolutamente divergentes, quizá por imperativos del destino en el que, a veces, nos dejan influir en esta vida. Lo demás venimos con ello pactado y escrito en el contrato previo a nuestro aterrizaje. Casi simultaneamente, un amigo, alertado por mí de los problemas innumerables de mi vida, se brinda a confeccionarme una carta astral Ayurvédica. Los híndus han cultivado esta disciplina con gran fortuna y acierto, y él aprendió in situ esta ‘ciencia’ de la predicción por los astros, sus aspectos, sus oposiciones, sus dominancia, sus regentes, etc.
Al principio todo son parabienes. Los astros de mi nacimiento me dotan, gratuitamente, con virtudes importantes que atesoraré durante toda mi vida. La inteligencia, el poder de comunicación y la creatividad son determinantes en mi vida. Pero (siempre tiene que haber alguno después de las de ‘cal’) algún planeta anda haciendo de las suyas en la casa de las pérdidas, que aparecen en todas las actividades de mi vida, incluso en la relación pareja. Y todo esto no es indefectible y gratuito, es un pacto que yo acepté, antes de venir a vivir la vida, para experimentar y aprender dos cosas: El amor incondicional y el desapego. Ambas se complementan, son diferentes pero iguales, como mi signo: dual hasta las últimas consecuencias: Ángel y demonio; bueno y malo, rico y pobre…
Si experimentas el amor incondicional, lo que anhelas es hacer el bien a la persona amada, y, por extensión, a todo el mundo. Y lo mejor que puedes hacer por la persona amada, y, por extensión por todo el mundo, es dejarlos en libertad; que ellos decidan sobre su destino, sin sentir la presión del enganche, del rencor, de las reprimendas y de los reproches. Y esto es desapego puro. Y el desapego no es desamor, muy al contrario, es amor puro e incondicional. Es dar sin esperar recibir: es hacer las cosas por nada, sólo por el placer de hacerlas. Yo te doy mi amor y haz con él lo que tú quieras.
Amigos: mi situación es así y no puede ser de otra manera. Doy gracias por encontrarme en ella y tener ocasión de aprender y elevar mi nivel de conciencia. El final va a ser el mismo, y, ahora sí, de una manera indefectible. Lo que va a variar es cómo viva yo la experiencia. Puedo vivirla desesperado, temeroso del futuro, deprimido y enfermo; o, por el contrario, esperanzado, valiente, optimista y sano de cuerpo y alma. Llegaré al mismo sitio, pero de distinta manera. Así es la ley.
(Cuadros de Turner)
¡Que triste paradoja! Es todo lo contrario de lo que me pasa a mí. Son dos vidas absolutamente divergentes, quizá por imperativos del destino en el que, a veces, nos dejan influir en esta vida. Lo demás venimos con ello pactado y escrito en el contrato previo a nuestro aterrizaje. Casi simultaneamente, un amigo, alertado por mí de los problemas innumerables de mi vida, se brinda a confeccionarme una carta astral Ayurvédica. Los híndus han cultivado esta disciplina con gran fortuna y acierto, y él aprendió in situ esta ‘ciencia’ de la predicción por los astros, sus aspectos, sus oposiciones, sus dominancia, sus regentes, etc.
Al principio todo son parabienes. Los astros de mi nacimiento me dotan, gratuitamente, con virtudes importantes que atesoraré durante toda mi vida. La inteligencia, el poder de comunicación y la creatividad son determinantes en mi vida. Pero (siempre tiene que haber alguno después de las de ‘cal’) algún planeta anda haciendo de las suyas en la casa de las pérdidas, que aparecen en todas las actividades de mi vida, incluso en la relación pareja. Y todo esto no es indefectible y gratuito, es un pacto que yo acepté, antes de venir a vivir la vida, para experimentar y aprender dos cosas: El amor incondicional y el desapego. Ambas se complementan, son diferentes pero iguales, como mi signo: dual hasta las últimas consecuencias: Ángel y demonio; bueno y malo, rico y pobre…
Si experimentas el amor incondicional, lo que anhelas es hacer el bien a la persona amada, y, por extensión, a todo el mundo. Y lo mejor que puedes hacer por la persona amada, y, por extensión por todo el mundo, es dejarlos en libertad; que ellos decidan sobre su destino, sin sentir la presión del enganche, del rencor, de las reprimendas y de los reproches. Y esto es desapego puro. Y el desapego no es desamor, muy al contrario, es amor puro e incondicional. Es dar sin esperar recibir: es hacer las cosas por nada, sólo por el placer de hacerlas. Yo te doy mi amor y haz con él lo que tú quieras.
Amigos: mi situación es así y no puede ser de otra manera. Doy gracias por encontrarme en ella y tener ocasión de aprender y elevar mi nivel de conciencia. El final va a ser el mismo, y, ahora sí, de una manera indefectible. Lo que va a variar es cómo viva yo la experiencia. Puedo vivirla desesperado, temeroso del futuro, deprimido y enfermo; o, por el contrario, esperanzado, valiente, optimista y sano de cuerpo y alma. Llegaré al mismo sitio, pero de distinta manera. Así es la ley.
(Cuadros de Turner)
CONTESTACIÓN A BÁRBARA
Mí querida y admirada, Bárbara: ¡Tienes razón!... Es broma. En realidad te escribo para participarte mi punto de vista. Aquí, como en el deseo de tener razón: de que todo el mundo se atenga a mi voluntad, de lo que digo, de lo que pienso y de lo que hago, juegan un importantísimo papel tres factores que impulsan a todo el mundo a querer tener razón: El pavor, la inseguridad y la defensa. Todos son humanos y adolecemos de lo mismo: Un miedo que te rilas en los gayumbos.
Nacemos solos y nos morimos solos, y, entre medias nos hacemos a la idea de que estamos acompañados, pero el sentimiento es ilusorio, porque, en realidad, estamos solos todo el tiempo. Y cuando creemos que estamos compartiendo o amando, en realidad estamos estableciendo relaciones comerciales en las que si tú me das, yo te correspondo.
“Yo no quiero tener razón, quiero ser feliz”, me enseñó uno de mis muchos maestros. Y lo aprendí para ejercerlo. Yo no quiero tener razón, porque eso no me lleva a ningún sitio. Pero quiero aliados y cómplices para sentirme seguro, sin considerar que se puede estar ‘solo’ aunque estés rodeado de gente. Es una sensación muy aleccionadora y te enriquece cuando llegas a la conclusión de que no necesitas que te acompañen, ni que te quieran. Solamente tenemos la necesidad vital de querer de una forma incondicional. Porque ‘dar es igual que recibir’. Para esto también hay un remedio: Vivir el momento. Tu Carpe diem. Lo voy a publicar en mi blog: enriquedesoto.es.
Un abrazo muy fuerte. Naturalmente de una manera incondicional.
(Ilustraciones de Anja Klauss)
jueves, 15 de julio de 2010
TRABAJADOR, TRABAJA.
El trabajo en España, en general, se ha convertido en una manera de ganarse la vida, sin ninguna intención de realización ni de impecabilidad. Mi abuelo decía que sólo hay dos maneras de hacer las cosas: Bien o bien. Y mi profesor de Tai Chi, cuando le preguntas cómo está, te contesta: “Entre bien y excelente”. Pero esto no es lo normal. Lo común es que los trabajadores no trabajen, o, por lo menos, no trabajen lo que debieran y como debieran. La gente, en general, se escaquea mucho, racanea mucho y escurre el bulto mucho, mucho. Y esto, naturalmente, repercute en la cuenta de resultado de las empresas. Pero, el agravio comparativo funciona en oficinas, fábricas y estamentos de la empresa pública. En la ‘privada’, menos. Pero, a tenor de las leyes laborales en vigor, que te obligan a comerte con patatas al vago de turno, porque si lo quieres poner de patas en la acera, te cuesta más de lo que deja de producir…
“Tío: “No trabajes de esta manera, que se nos va a ver el plumero a todos, majete”. El que se dirige al prójimo llamándole ‘majete’, se auto define, es un hortera redomado y, además, es sindicalista, aparte de más vago que la chaqueta de un guardia. Así funciona el engranaje. No puedes trabajar impecablemente y con arreglo a tu capacidad, porque estableces, rápidamente, un agravio comparativo, y los demás protestan airadamente de tu conducta. Entre los comisionistas, que consiguen su sueldo trabajando a destajo; tanto trabajas, tantos contratos firmas, tanto ganas, no ocurre tanto. Aun así, para ser impecable en cualquier trabajo hay que cumplir con unas premisas fundamentales, que se podrían resumir en, dedicación, gusto por el trabajo y estar en lo que se está sin mirar al reloj. Mi chamán de cabecera decía: “Y si no te gusta lo que haces, hazlo como si te gustara”
A este panorama, se une uno de los principales pecados capitales que atesora el español: La envidia. Una inmensa y mollar envidia que empecina todo lo que toca y que es la causante de muchos crímenes, despidos y arrinconamiento de, habitualmente, los más válidos de cada casa, que se ven degradados, abroncados o castigados por culpa de la maledicencia de algún compañero que se muere de la envidia que le corroe las entrañas. A una amiga, impecable en su trabajo, organizadora donde las haya, cumplidora con sus subordinados, preocupada de los demás, la acaban de revocar las condiciones de trabajo en la empresa donde trabajaba a comisión, por el simple motivo de que gana mucho más que sus jefes. ¡Es el colmo!. Ni están todos los que son, ni son todos los que están. Es fenomenal. Y luego hablan de sindicatos, competitividad, I + D + I (que no tengo ni repajolera idea de lo que significa, pero que ahora está de moda) Bueno, miento, creo que la primera ‘I’ corresponde a “investigación”. La ‘D’ que la sigue después del ‘+’, “desarrollo”. Lo que no sé es lo que quiere decir la segunda ‘I’. La verdad es que tampoco me importa mucho.
Un viejo amigo, cuando subían la gasolina en la época de la “oprobiosa”, en la que yo he vivido magníficamente, decía: “Ojalá la pongan a cien pesetas el litro. Así iremos en coche los de siempre” ¡Qué poco sabía que ahora la gasolina está bastante por encima de lo que él nunca se podía imaginar.
“Tío: “No trabajes de esta manera, que se nos va a ver el plumero a todos, majete”. El que se dirige al prójimo llamándole ‘majete’, se auto define, es un hortera redomado y, además, es sindicalista, aparte de más vago que la chaqueta de un guardia. Así funciona el engranaje. No puedes trabajar impecablemente y con arreglo a tu capacidad, porque estableces, rápidamente, un agravio comparativo, y los demás protestan airadamente de tu conducta. Entre los comisionistas, que consiguen su sueldo trabajando a destajo; tanto trabajas, tantos contratos firmas, tanto ganas, no ocurre tanto. Aun así, para ser impecable en cualquier trabajo hay que cumplir con unas premisas fundamentales, que se podrían resumir en, dedicación, gusto por el trabajo y estar en lo que se está sin mirar al reloj. Mi chamán de cabecera decía: “Y si no te gusta lo que haces, hazlo como si te gustara”
A este panorama, se une uno de los principales pecados capitales que atesora el español: La envidia. Una inmensa y mollar envidia que empecina todo lo que toca y que es la causante de muchos crímenes, despidos y arrinconamiento de, habitualmente, los más válidos de cada casa, que se ven degradados, abroncados o castigados por culpa de la maledicencia de algún compañero que se muere de la envidia que le corroe las entrañas. A una amiga, impecable en su trabajo, organizadora donde las haya, cumplidora con sus subordinados, preocupada de los demás, la acaban de revocar las condiciones de trabajo en la empresa donde trabajaba a comisión, por el simple motivo de que gana mucho más que sus jefes. ¡Es el colmo!. Ni están todos los que son, ni son todos los que están. Es fenomenal. Y luego hablan de sindicatos, competitividad, I + D + I (que no tengo ni repajolera idea de lo que significa, pero que ahora está de moda) Bueno, miento, creo que la primera ‘I’ corresponde a “investigación”. La ‘D’ que la sigue después del ‘+’, “desarrollo”. Lo que no sé es lo que quiere decir la segunda ‘I’. La verdad es que tampoco me importa mucho.
Un viejo amigo, cuando subían la gasolina en la época de la “oprobiosa”, en la que yo he vivido magníficamente, decía: “Ojalá la pongan a cien pesetas el litro. Así iremos en coche los de siempre” ¡Qué poco sabía que ahora la gasolina está bastante por encima de lo que él nunca se podía imaginar.
miércoles, 14 de julio de 2010
VUELTA A LA PRÁCTICA DEL TAI CHI
Después de algunas semanas de inactividad, volví a practicar Tai Chi. Salí de casa con tiempo escaso para llegar a la hora. La cita era a los 20:30 en la orilla del rio, detrás de las piscinas que están al lado del pabellón Marta Domínguez. Gocé del paseo a pesar del calor. Yo lo aguanto bastante bien. Me extraño porque, en medio de una temperatura muy alta, ni sudo. Me dirigí hacia la plaza de toros para entrar en la plaza de San Juanillo, rehabilitada recientemente para adaptarla a una estética moderna de la que carecía con el paso de los años. Enfilé Hnos. López Francos para salir a la Avda. de Santander, y, hacia la izquierda para bajar el túnel que salva las vías del tren. Salgo a la Avda. La Antigua Florida que bordea el parque de Los Jardinillos, hasta la plaza del León. Simón Nieto adelante hasta la plaza donde han colocado la estatua del labriego en pelota picada, y hacia la izquierda para dejar atrás la Clínica Recoletas y llegar, cruzando la Avda. del Obispo Barberá, a la orilla del río Carrión.
Por el camino me encuentro a una antigua compañera, con la que coincidí durante un corto lapso de tiempo en el Hospital Provincial. Se alegra de verme. Ella también está en trámites de jubilación. Por un momento me dejo enganchar por las críticas que siempre suscita el grupo de seres humanos menos humanos que se puedan dar en una ciudad tan pequeña como Palencia. En verdad es como para entrar en la provocación y soltar sapos y culebras por la boca, tanto de los responsables de la sanidad, como de los médicos que actualmente la ejercen. Corremos un tupido velo y quedamos en vernos para tomar una ‘copa’ y charlar. Luego, ni charla, ni copa. A pesar del tamaño de esta ciudad, pasas años sin ver a determinadas personas.
La calidad humana de los individuos de una comunidad, es la que hace ‘patria’ y ambiente. Y es la que te hace estar a gusto o renegar de la hora en la que se te ocurrió arribar a semejante lugar de la geografía hispana. Un amigo define Palencia como un ‘pasapurés’, en el que te trituran y te muelen hasta dejarte fino, fino, como la sémola de trigo. Es inútil resistirse. Palencia es una ciudad carmática, a la que se viene a purgar, y, sobre todo a aprender y a experimentar. ¿Hay buena gente? Como en todas partes. Pero se notan más las personas envidiosas, ladinas, retorcidas, ignorantes, que son las que contribuyen, impecablemente, a mover la manija del instrumento que te va a dejar suave, suave.
Amo a Palencia. Vivo en Palencia. Paseo Palencia. Me gusta Palencia. Es bonita la Ciudad. Me complace. En ella, como digo en mi página web: “he gozado y he llorado, y …he aprendido y olvidado”. Pienso seguir constituyendo una especie de resistencia pasiva, para ver si logro que, alguna vez, algún político sensato piense en esta ciudad y en sus habitantes, en vez de en sí mismo.
Mientras tanto las gozo con el Tai Chi y lo que me aportan, tanto Juanjo Mendoza, como los compañeros.
Por el camino me encuentro a una antigua compañera, con la que coincidí durante un corto lapso de tiempo en el Hospital Provincial. Se alegra de verme. Ella también está en trámites de jubilación. Por un momento me dejo enganchar por las críticas que siempre suscita el grupo de seres humanos menos humanos que se puedan dar en una ciudad tan pequeña como Palencia. En verdad es como para entrar en la provocación y soltar sapos y culebras por la boca, tanto de los responsables de la sanidad, como de los médicos que actualmente la ejercen. Corremos un tupido velo y quedamos en vernos para tomar una ‘copa’ y charlar. Luego, ni charla, ni copa. A pesar del tamaño de esta ciudad, pasas años sin ver a determinadas personas.
La calidad humana de los individuos de una comunidad, es la que hace ‘patria’ y ambiente. Y es la que te hace estar a gusto o renegar de la hora en la que se te ocurrió arribar a semejante lugar de la geografía hispana. Un amigo define Palencia como un ‘pasapurés’, en el que te trituran y te muelen hasta dejarte fino, fino, como la sémola de trigo. Es inútil resistirse. Palencia es una ciudad carmática, a la que se viene a purgar, y, sobre todo a aprender y a experimentar. ¿Hay buena gente? Como en todas partes. Pero se notan más las personas envidiosas, ladinas, retorcidas, ignorantes, que son las que contribuyen, impecablemente, a mover la manija del instrumento que te va a dejar suave, suave.
Amo a Palencia. Vivo en Palencia. Paseo Palencia. Me gusta Palencia. Es bonita la Ciudad. Me complace. En ella, como digo en mi página web: “he gozado y he llorado, y …he aprendido y olvidado”. Pienso seguir constituyendo una especie de resistencia pasiva, para ver si logro que, alguna vez, algún político sensato piense en esta ciudad y en sus habitantes, en vez de en sí mismo.
Mientras tanto las gozo con el Tai Chi y lo que me aportan, tanto Juanjo Mendoza, como los compañeros.
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