lunes, 11 de octubre de 2010

A MI AMIGA A TIEMPO PARCIAL

Una amiga a tiempo parcial me inspira para que escriba algo sobre las desgracias de la vida, de lo que yo sé por experiencia. Los duros golpes de este plano vienen, no por casualidad; la mayoría –el 90% aproximadamente–, aunque parezca mentira, están programados de antemano porque yo tenía que tener esa experiencia. Lo interesante para es mi especial forma de reaccionar ante el hecho luctuoso. Depende de mi reacción el que salga reforzado y con una nueva experiencia, o que salga hundido y no haya aprendido nada. En una entrega anterior referí la anécdota del individuo que reacciona mal ante un hecho banal, como es el que su hija le derrame un vaso de cacao encima de la camisa, y por esa reacción, en la que implica a la madre, al volver a casa después de un día para no recordar, lee una carta de su esposa en la que se despide para siempre. Y todo por un vaso de cacao encima de la camisa.






A lo mejor no es un símil afortunado, porque estamos hablando de un grave accidente de tráfico con consecuencia de importantes secuelas. Nada tiene que ver una cosa con la otra, pero después de cada situación negativa e inesperada siempre hay una reacción inmediata que, la mayoría de las veces, nos deja sin capacidad de reacción y buscando culpables. Mi gran amigo ‘piñón’ estuvo de acuerdo conmigo cuando sacamos un buen día la conversación de las desgracias. “En las desgracias hay que sufrir con cojones”, me decía. “No valen los paños calientes, ni los consuelos. Todo esto atenúa, pero no cura. Sólo cura el tiempo” “No vale distraerse, ni lo que te digan los demás. Es tiempo de sufrir. Y el impacto se consume por agotamiento”. Yo estoy absolutamente de acuerdo, pero, quizá, nuestra disposición y filosofía anteriores al hecho, pueden dulcificarlo. No hablo de resignación, sino de filosofía. De esa philos de la que se desprende una manera diferente de afrontar los problemas. No sólo porque te hace considerar la banalidad de la vida del hombre en la tierra, sino porque provoca una mejoría de la vida y un aumento de la felicidad.


Cada persona es un mundo diferente, que se relaciona con los otros mundos de las personas que le rodean. Y hasta el día de hoy, nadie ha recapacitado en el hecho de que yo nazco solo y me muero solo. Esas dos travesías me dejan hacerlas desnudo de compañía. Y aquí se me permite interactuar con mi familia, mis amigos, mis compañeros; pero como aprendizaje. Cada cual, en el ínterin, vive como quiere, y la más estricta prudencia indica que se debe dejar, a los personajes que te secundan en tu drama, que hagan sus papeles impecablemente. El que ha elegido ser Abel, que cumpla fielmente con su rol; el que ha venido a ser Caín, que lo haga lo mejor que pueda. Y en lo que a mí concierne, tengo la obligación de no juzgar, no criticar y no meterme en la vida ajena, salvo cuando me pidan ayuda, consejo, o parecer.






Me consuela mucho pensar que lo que le pasa a lo demás también lo han elegido ellos con objeto de tener esa experiencia. Y que también me concierne a mí. Pero de una manera colateral. No hablo de las molestias que se derivan del periodo posterior al hecho, sino del estado mental que en mí se genera y que, quiera o no, repercute también en la persona que sufre en primera persona el accidente.
Remito al lector a la panacea que utilizo para todos los hechos de la vida, buenos o menos buenos: Vivir el momento sin juzgarlo, sin criticarlo, alineándose con él. Sólo así se puede mitigar el sufrimiento que emana de mi pensamiento, y sólo así puedo contribuir favorablemente a ayudar al que sufre.


En mis muchos años de profesión, me he acostumbrado a no involucrarme en las desgracias de los pacientes. Les escucho, les aconsejo, pero no sufro con ellos ni por ellos. Es su historia, no la mía. Y las experiencias, bien es sabido que no se pueden transmitir porque cada cual quiere tener la suya. Pero como los padres, uno no se sustrae a querer que los demás sean felices, y lucha denodadamente contra la desgracia del prójimo, sin darse cuenta de que el prójimo escoge su manera de vivir, sus circunstancias y los hechos que jalonan su vida de flores o de espinas.

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