El hombre, en su humana naturaleza, tiene la capacidad de almacenar todo en su pensamiento. De por sí, propende a la comodidad, a la desidia, a la molicie. Sólo su parte divina le proporciona las armas para moderar sus naturales inclinaciones. Una cosa es lo que nos gustaría hacer o poseer, y otra muy distinta lo que podemos o nos dejan hacer y atesorar. En esta oportunidad, he tenido ocasión de reflexionar sobre las acusaciones que se pueden verter sobre la persona a quien le gustan las mujeres, pero tiene la suya. A quien le gustaría participar en una orgía romana, pero se conforma con una dosis de porno en lata. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Desde aquellos tiempos, hasta estos que vivimos, las cosas no han cambiado sustancialmente. La sociedad es puritana por necesidad y cínica por convicción. Te pueden acusar de inclinaciones que son generales, pero que unas personas portean o soportan mejor que otras. Hasta los santos, en sus intentos de vivir sus vidas exentas del pecado de la carne, se mortificaban físicamente para no caer en la tentación. La historia está llena de instrumentos de auto tortura, que empleaban para alejar las quimeras de la mente, que les hacían cometer “actos impuros”. En estos días que nos ha tocado vivir, la industria de la prostitución y el porno, en cualquiera de sus modalidades, es una de las que más beneficios dinerarios consiguen. ¿No será porque la mayor parte de la población, que tiende a la satisfacción sexual, utiliza estos cauces para no vivir en la mentira más profunda? Una cosa es que me gusten las mujeres, otra muy distinta que camine de una en otra intentando satisfacer mis instintos, a costa de mi legítima esposa, que no se merece tal trato.
Los gustos, la química, la atracción, son cosas absolutamente presentes en cada persona. Y, a lo largo de la vida, nos gustan cientos de personas. Con unas establecemos una relación y con otras no. Pero, como base de argumentación, empiezan gustándonos. ¿Para qué? Para plantearnos, eso, una relación ¿Hasta dónde puede llegar en nuestra mente? Hasta donde alcancemos a pensar. Y, desde luego no nos quedamos en el primer escalón, subimos hasta arriba. Quizá la mujer sea más perezosa para subir demasiado. El hombre sube hasta lo más alto. Otra cosa es que consiga materializar sus pensamientos o que se caiga desde las alturas. Pero todo el mundo piensa, elucubra y desea. Unos ponen en práctica sus pensamientos, y otros se limitan a jugar con sucedáneos. ¿Necesariamente se puede considerar como una mentira el que un varón ame a su mujer y se entretenga con películas porno? A mi juicio, en multitud de las ocasiones, el sexo no tiene nada que ver con el amor; yo diría que ambos conceptos, sexo y amor, tienen multitud de grados y acepciones hasta llegar al cenit de uno: El amor incondicional, y a cima del otro: La entrega lúbrica a la persona elegida, con satisfacción plena.
El amor incondicional es un concepto, no mal entendido, sino absolutamente despreciado por lo imposible de su realización humana. Me impresionó mucho un artículo de Dn. Juan Manuel de Prada –y le antepongo el ‘don’, porque no he tenido el placer de que me lo presenten, y le tengo muchísimo respeto- en el que hablaba del amor de Jesús de Nazaret en estos términos:
“Nuestro alejamiento de las lenguas clásicas –un barco a la deriva que se va hundiendo irreparablemente– nos impide disfrutar de delicadezas como la que Benedicto XVI resalta en un pasaje de su último libro, Los apóstoles y los primitivos discípulos de Cristo (Espasa), dedicado a Pedro. En griego existen dos verbos que designan la acción de amar: filéo, que expresa el amor de la amistad, tierno y entregado, pero no totalizador; y agapáo, que significa amar sin reservas, con una donación completa e incondicional a la persona amada. El evangelista Juan, cuando refiere el episodio de la aparición de Jesús resucitado a Pedro a orillas del lago Tiberíades, emplea ambos de un modo muy significativo y dilucidador. Podemos imaginarnos ese episodio como el encuentro de dos viejos amigos conscientes de la herida que se ha abierto en su relación, pero dispuestos a restañarla sinceramente, dispuestos a recibir y dar perdón, para que esa herida no ensombrezca el futuro de su amistad. Pedro sabe que, apenas unos días antes, cuando su amigo más lo necesitaba, lo ha traicionado por cobardía o por mero instinto de supervivencia, negándolo hasta tres veces después de prometerle lealtad absoluta. Y Jesús, por su parte, sabe que esa traición ha sido consecuencia de la debilidad de su amigo, consecuencia pues de la propia naturaleza humana; y sabe también que su amigo está avergonzado y mohíno por su falta de coraje. Entonces Jesús, dispuesto a olvidar ese desliz, le pregunta a bocajarro: «¿Me amas?».

El evangelista escribe agapâs-me; esto es: «¿Me amas con un amor completo e incondicional?». Es como si Jesús demandara a Pedro un amor superior al que hasta entonces le ha profesado, un amor que excluya las debilidades y que proclame una adhesión entusiasta, acérrima, tal vez sobrehumana. Nada hubiese resultado más sencillo para Pedro que responder agapô-se («te amo incondicionalmente»), satisfaciendo esa demanda de amor absoluto que Jesús le lanza; pero, consciente de sus limitaciones, consciente de que lo ha traicionado y de que en el futuro tal vez vuelva a hacerlo (aunque, desde luego, nada más alejado de su propósito), Pedro le responde con pudorosa y escueta humildad: Kyrie, filô-se; esto es: «Señor, te quiero al modo humano, con mis limitaciones». Podemos imaginar que la respuesta de Pedro por un segundo defraudaría a Jesús: ha ofrecido a su amigo su perdón sincero y algo más que su perdón, a cambio de que nunca más le vuelva a fallar; pero su amigo no desea defraudarlo con esperanzas vanas, no desea que Jesús le atribuya virtudes sobrehumanas. Entonces Jesús insiste y vuelve a usar el verbo agapáo: «¿Me amas más que éstos?», refiriéndose a los discípulos que se hallan junto a Pedro a orillas del lago. Esta segunda pregunta de Jesús debió de incorporar un matiz perentorio, incluso exasperado, algo así como: «Oye, te estoy preguntando que si me amas a muerte, no me vengas con medias tintas». Pedro sin duda captó ese tono requirente, tal vez incluso enojado de Jesús; y algo debió de temblar dentro de él, tal vez el miedo a decepcionar a su amigo; y no parece improbable que su respuesta tuviese un tono compungido, desfalleciente, lastimado, temeroso de recibir una reprimenda. Pero así y todo volvió a emplear el verbo filéo: «Señor, te quiero a mi pobre y defectuosa manera, con todas mis fragilidades a cuestas».
Entonces Jesús vuelve a interpelarlo por tercera vez, como tres habían sido las veces que su amigo lo había negado, en la noche amarga; pero, para sorpresa de Pedro, que ya estaría esperando un chaparrón de maldiciones e invectivas, Jesús emplea ahora el mismo verbo al que Pedro se había aferrado antes: Fileis-me? Es un momento de gran fuerza conmovedora, porque Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en la frágil naturaleza humana; y, olvidándose de esa exigencia sobrehumana, se adapta, se amolda a la debilidad de Pedro, a la frágil condición humana, porque entiende que en su amor renqueante que tropieza y cae y sin embargo se vuelve a levantar dispuesto a proseguir sin titubeos su camino puede haber un ímpetu, una alegría de andar superior incluso a la de un amor que se cree vacunado contra todos los tropiezos. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta como es, que lo abraza también en el tropiezo y en la caída, afirma con alivio, con decisión, con alborozo: «Sabes que te quiero» (filô-se).
Y fueron amigos para siempre. Tal vez porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias”.
Estamos pisando la tierra, el asfalto, el terrazo o el parqué a varios metros de altura, pero pisando. Que yo sepa, no ha habido nadie, todavía, que haya tenido la habilidad de despegar su peso del suelo para volar, sin ninguna ayuda mecánica, por un tiempo superior a un par de segundos. Luego, indefectiblemente, y a veces traumáticamente, el peso tiende a cumplir con la ley de la gravedad y es atraído pesadamente hacia el suelo donde se aplasta con tenacidad. Estamos hechos de carne y hueso con todas las ventajas y los inconvenientes que eso conlleva. A imagen y semejanza de Dios, pero de chica y taba. Por eso, en el momento en el que Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en su frágil naturaleza humana, se adapta, se amolda a Pedro y a su condición. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta tal cual es, que lo abraza también en los tropiezos y las caídas, afirma con decisión, con alborozo: “Sabes que te quiero”
Tal vez –como dice Juan Manuel-: “…Porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias”.
Mujer: ¿Tú estarías dispuesta a ofrecer a tu pareja un amor de agapô-se; un amor incondicional que se coloca por encima de la negación y de la traición? O te conformas con un filô-se, que va más acorde con tu naturaleza humana? Y entonces ¿Por qué exigimos tanto a la pareja? Cuando seamos alguno, sólo uno, capaces de amar incondicionalmente. Es decir: Yo te doy mi amor y no espero de ti nada a cambio; puedes hacer con él lo que quieras, el mundo empezará a comprender la lacra social que es pedir y rendir cuentas de la propia conducta. Somos humanos, y aunque esto no debe constituir, en modo alguno, un pretexto, tenemos que someternos; estamos sometidos, a nuestra naturaleza. Ninguno somos dioses, ni supermanes, ni santos varones exentos de tentaciones. Aunque debemos tender a la perfección y la impecabilidad.