domingo, 21 de agosto de 2011

¿ES GENÉTICO EL CRITERIO ANTE LO DESCONOCIDO?





¿Dios existe? ¿És, en toda su majestad? La respuesta es una cuestión de fe. Y Fe es creer lo que no vemos; en suma, en lo desconocido; en concreto, en Dios, en sus ángeles y en sus santos. ¿Ha existido o existe una demostración científica de la existencia de Dios? No, que yo sepa hasta las 7:46 del día de hoy, Lunes, 22 de agosto de 2011.

¿Por qué entonces existen creyentes y ateos? ¿Por qué extraña razón existe esa rivalidad absoluta, con una convicción atroz, sobre un extremo que, de momento, es indemostrable? ¿Por qué unos son del Madrid club de futbol, y otros –aproximadamente la mitad– del Barҫa, que es Mes que un club? ¿Por qué la mitad son pro y la otra mitad anti americanos?

¿Existe alguna explicación convincente sobre la diferencia de criterio en asuntos tan peregrinos, infantiles y aleatorios como la existencia de Dios o el sexo de los ángeles de su corte celestial? No, no existe. Todo nace del criterio de cada persona. Y el criterio de cada ser humano depende de miles de factores entre los que se encuentran: Las sensaciones recibidas desde el útero materno, que producen una impregnación celular positiva o negativa. Las incidencias en el momento del parto. Los primeros días de vida. Las enseñanzas paternas, familiares, sociales, religiosas y políticas, y su calidad, parcialidad y cantidad. Las alegrías y las penas en determinados periodos de la vida, muy proclives a grabar a sangre y fuego los acontecimientos, etc.

Aprendemos por imitación o por rechazo de lo que oímos, vemos o sentimos. De esta manera, una enseñanza podrá ser integrada o rechazada inmediatamente, con respecto a un criterio ínsito en nosotros. ¿Pero, éste, de dónde viene? ¿Qué nos impulsa a aprehender o rechazar determinado concepto? ¿Las vivencias de otras etapas del alma? ¿Las impregnaciones celulares? Imagino, con buen criterio, y poniendo en marcha mi sincretismo mental, que habrá de todo un poco; una cosita de acá y otra cosita de allá, para formar el puzle –aparentemente caótico e inexplicable– de nuestro criterio actual, sobre esas cuestiones absolutamente inexplicables que, sin embargo, mueven a millones de seres humanos, derrocan gobiernos, asolan territorios, dejan en la miseria a muchos pueblos y asesinan a millones.

Cada ser humano, desde su más tierna infancia, busca cómplices de sus fechorías, compañeros de fatigas, colegas de aficiones, amigos del alma, prosélitos de sus ideas, y encubridores de sus desmanes. Y les importa poco si sus actos son punibles. Si no lo son buscan afines, si lo son, cómplices. Pero siempre busca la compañía y la complacencia de las gentes que les rodean. El caso es tener alguien que asienta a tus comentarios como si fueran salidos de la misma boca del Oráculo de Delfos, o unirte tú a los suyos para formar coro.

Las grandes batallas de la humanidad no han tenido sentido; sólo una diferencia de criterio sobre cuestiones religiosas, políticas o sociales. Solamente e eso. Y, eso, ha provocado muertes, hambrunas, enfermedades, mutilaciones y desahucios mentales, que han perdurado en el tiempo hasta nuestros días.

Está muy extendido el criterio que nos hace apostar a ‘caballo ganador’. Ciertamente insatisfactorio a poco que nos paremos a pensar en que es un criterio egoísta, oportunista y pancista. Pero no es el caso de la existencia de Dios, en la que hay un muy aproximado 50% de creyentes, a los que se oponen el otro 50% de ateos. El caso es que nunca ha habido –y probablemente no habrá– una unanimidad de criterio para cuestiones de fe. O la tienes –50% de personas–, o no la tienes –el resto de humanos–.

¿A qué conclusiones llegamos? Un día, el malogrado en la flor de su vida, Santiago Amón, me corroboró un aserto durante una conversación que mantuvimos por radio. Yo le hablaba en aquella ocasión, de la impresión que me había producido en el alma uno de los capítulos de Caballo de Troya I, de J.J. Benítez. Se refería en él a las horas inmediatas a la Pasión y Cruz de Jesús de Nazaret, narradas en vivo y en directo por un personaje que había sido teletransportado a aquella época; en aquellos precisos momentos.

Al leerlo –le conté– me sentí como transportado a aquel momento y lloré profusamente. Con cada línea se me encogía el alma, y me sentía como si ya hubiera vivido la situación en aquella misma época, refugiándome en el anonimato para que no me reconocieran. Sentí la verdad dentro de mi corazón. Y creo firmemente que cuando siento de esa manera, alguien, premeditadamente, me acerca a ella. «Es cierto, amigo. – respondió– Aquello que nos sobrecoge el ánimo, ten por cierto que, si no es la verdad absoluta, se acerca mucho».

Es un sentimiento del alma que no se puede aprender en ningún libro, que nadie te puede enseñar. O lo sientes, y crees, o te pasas la vida luchando en contra de los que creen. ¿Es un privilegio? En modo alguno. Frecuentemente, a los que creen no les salen las cosas muy bien en este plano. A veces hubieran deseado no creer y pasar más desapercibidos para el vulgo en general, y no someterse a la inquina de las facciones contrarias.

Independientemente de religiones, tendencias y modas, me declaro creyente. Creo en Dios, creo que es mi padre y que constantemente vela por mí, sugiriéndome actuaciones que yo puedo adoptar o no. Es mi criterio, por encima del Suyo, el que prevalece. No en vano me ha dado el libre albedrio para que yo maneje mi aguja de marear y aprenda a capear temporales, y a refugiarme de galernas y marejadas. Es un sentimiento del alma. Nadie, en este mundo me puede demostrar nada concerniente a la existencia de Dios. Sé en lo más profundo de mi corazón que Él existe. Yo tampoco puedo demostrar su existencia a nadie. Creo y respeto.





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