martes, 13 de marzo de 2012

RESTAURAR SISTEMA



Problemas ¿Quién no tiene problemas? Pero ¿Sabemos qué son los problemas? ¿Qué es ‘El Problema’? Según el diccionario de la Lengua Española de la RAE, al que frecuentemente me remito para iniciar mis comentarios, existen cinco acepciones para la palabra ‘problema’:

1. m. Cuestión que se trata de aclarar.
2. m. Proposición o dificultad de solución dudosa.
3. m. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin.
4. m. Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo sólo da problemas.
5. m. Planteamiento de una situación cuya respuesta desconocida debe obtenerse a través de métodos científicos.

Pero me temo que la gente se refiere sólo a una de estas acepciones para calificar una situación. Cuando una persona dice que tiene un problema, se refiere a uno de naturaleza económica, de relación pareja, de amistad, laboral o de educación. Así que de las cinco propuestas de la RAE, creo que sólo me voy a quedar con la cuatro: Disgusto, preocupación. U. m. en pl. Mi hijo sólo da problemas.(sic).

Frecuentemente cuento mis experiencias para ilustrar mi filosofía. Tiendo a explicar a los demás; a los que tienen ‘problemas’, cuál es mi situación, o cuáles han sido mis experiencias al respecto, para ver si mi interlocutor puede sentirse consolado. Nunca, sin embargo, he abordado el asunto bajo el punto de vista que voy a explicar a continuación.

A esta sociedad se la denomina “Sociedad de consumo”, en alusión fundamental a que se ha montado sobre los endebles pilares del consumismo a ultranza. A medida que han ido pasando los años, los medios de comunicación han minado el carácter de cada ciudadano con el ansia de poseer todo lo que se exhibe en los escaparates de los medios de comunicación, incluido el ‘boca a boca’ y el ‘agravio comparativo’. De manera que la naturaleza de los ‘problemas’ se ha ido transformando hasta convertirse en la ‘carencia’ de algo de tipo material –la mayoría de las veces– o de tipo afectivo-espiritual.

Pero la carencia material ha tomado tal cariz, tal naturaleza, tal acepción demoníaca, que todo el mundo se cree que ‘poseyendo’, eso que poseas –fundamentalmente dinero– te va a solucionar el resto de los ‘problemas’: afectivo-espirituales, de relación o de educación.

Yo nací en el año 1941, y creo que empecé a tomar conciencia de lo que me rodeaba, como mínimo cinco años más tarde. Y os aseguro que se vivía bien con la décima parte de las necesidades que hoy en día acucian a la gente y le encogen el corazón. Se comía menos y más sano, y como consecuencia la gente estaba más saludable; se alquilaban las viviendas a un precio muy razonable, y como consecuencia no se pagaban hipotecas; se daban la vuelta a chaquetas y abrigos –antes gabanes–, y como consecuencia, se gastaba menos en ropa. Se arreglaban las prendas desechadas por los mayores para que las usaran los más pequeños y se echaban medias suelas y tacones a los zapatos. Se arreglaban las cazuelas de porcelana y los paraguas, y muy poca gente se quejaba tanto como ahora.

La mayoría de la gente no poseía automóvil, iba en autobús, tranvía o metro, o, lo que era todavía más sano, andaba para ir al trabajo. La alimentación era muy sencilla y muy barata, el consumo eléctrico era infinitamente más bajo, el consumo de agua, igual. El teléfono estaba tirao de precio, y no existían las tarjetas de crédito, y, para rizar el rizo, la gente cobraba a final de mes en dinero contante y sonante. Nada de ingresarlo en el banco y ellos ya, ya ellos… harán con tu dinero lo que les dé la gana… Y a la postre, cuando uno sentía verdadero amor, se casaba, sin mirar el dinero, y decía a gritos: «Contigo pan y cebolla»

Hoy nos hemos metido en un atolladero, con ayuda de los banqueros y la politocracia, que nos hace estar insatisfechos y llenarnos de ‘problemas’. Pero ¿qué problemas existen que tengan cierta entidad para ser narrados? Muy pocos, poquísimos. Y casi todos de índole económica y afectiva. Y estos tienen solución y entonces no merece la pena preocuparse, y si no la tienen, tampoco. Ocupémonos, entonces de los problemas sin preocupación. Para los monetarios: Apretarse el cinturón. Para los de los críos: Educación. Y para los de pareja: Reflexión.

Y, en suma, reemplazar los problemas por sensaciones gratificantes: Una buena charla, música, una puesta de sol en compañía, una buena lectura, un paseo a la luz de la luna. Y sobre todo: Restaurar el sistema. Hay una posibilidad en el sistema operativo de todos los PC que es: Restaurar el sistema. Con dos pasos, el sistema vuelve a estar como en una fecha anterior, con lo que evitamos virus, anomalías y errores. Así que, cuando pinten bastos, le damos a nuestra tecla de ‘Restaurar el Sistema’ y volvemos al estado de hace una semana, cuando no existía el problema. ¡Et voilá!

LOVEU

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